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Al contrataque

Madres de la Plaza de Mayo participan en la marcha semanal de la asociación, en Buenos Aires, el 4 de mayo.

AP / VICTOR R. CAIVANO

El pasado verano conocí a Sacha, a quien la dictadura argentí arrebató a su hija Graciela

La conocí el verano pasado. Un regalo de los muchos que me hace la profesión que he elegido. Desconocía que un libro ya había retratado su historia hace casi 30 años ('Crónica de una desaparición'). Sacha vive sola en un pueblo de Mallorca. Se mueve con dificultad pero cuando comienza a hablar es energía pura. A sus 86 años tiene varias cicatrices vitales difícilmente curables. La dictadura argentina le arrebató a su hija Graciela. Fue torturada hasta la muerte. Hicieron desaparecer su cuerpo como ocurrió con otras 30.000 personas. Pero Graciela antes de morir dio a luz a una niña a la que llamó Carla. Aquel bebé fue entregado a una familia próxima al régimen. En concreto a Ruffo, miembro de la Triple A. Pero Sacha no se rindió. Había perdido a su hija y no estaba dispuesta a que ocurriera lo mismo con su nieta a la que incluso le habían borrado el nombre. Tras un largo proceso de búsqueda y de pleitos con la justicia, la pequeña Carla fue localizada al detener al ya mencionado Ruffo. La identidad de la niña fue verificada con un análisis. Había salido de las sombras.

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Sacha nunca olvidará el 25 de agosto de 1985. Aquella abuela con pañuelo blanco esperaba sentada en un banco del juzgado a donde había trasladada la pequeña. No podía dejar de llorar. Aún no había visto a la pequeña Carla, de 9 años, cuando una cabecita asomó por la sala. El juez le dijo que aquella mujer que sollozaba era su abuela. La niña corrió hacia ella, apoyó la cabeza en su pecho y escuchó a Sacha decir: te he buscado durante 9 largos años. El abrazo entre lágrimas hizo que se les parara el tiempo.

Aquel día ambas comenzaron una nueva vida juntas. Abuela y nieta vinieron a España. Y aquí permanecieron hasta que un cáncer se llevó a Carla. Hoy su abuela llora recordando estos últimos años. Tanto tiempo buscándola y nunca pensó que al encontrarla iba a perderla para siempre. Pero Sacha está hecha de otra pasta. Lo están aquellas madres y abuelas que como ella cuenta las llamaban “locas, porque sólo una mujer loca se atreve a desafiar a una dictadura”. Hoy Sacha dice que las abuelas ya no buscan. Ahora son los nietos y nietas nacidos desde 1973 hasta 1985 quienes buscan e indagan en su identidad cuando les surge la duda. Sacha se seca las lágrimas y se pone las pequeñas gafas para leer a su admirado Juan Gelman, que también recuperó a su nieta después de 24 años de búsqueda. Y yo recuerdo la estrofa de unos de los poetas del escritor argentino que me recuerda tanto a Sacha y a todas las locas que no se rindieron: “Hemos quemado el miedo, hemos mirado frente a frente al dolor antes de merecer esta esperanza”.