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El juicio del 'procés'

Manel Castellví, durante su declaración en el Tribunal Supremo.

La primera grieta

Eulàlia Vintró

Los dos discursos que se extresan en el juicio del 'procés' avanzan con la voluntad expresa de divergir tanto como puedan y de alimentar la confrontación para hacer casi imposible un punto de reencuentro

Una vez acabadas las declaraciones y las preguntas de la fiscalía y de la defensa tanto de las personas procesadas como de los testigos políticos de máximo relieve, que se comportaron como era previsible, se podía esperar que los posteriores interrogatorios nos aportasen algunas novedades y sorpresas. Del seguimiento del juicio hecho a través de las noticias televisivas y la prensa escrita confieso que tengo la sensación de no haber aprendido absolutamente nada en relación con lo que se había ido publicando y diciendo sobre el 1-O y los acontecimientos previos y posteriores. Hay dos relatos paralelos, el de los independentistas y el del Gobierno del Estado, para simplificar, que avanzan con la voluntad expresa de divergir tanto como puedan y de alimentar la confrontación de las respectivas clientelas y simpatizantes para hacer casi imposible un punto de reencuentro.

Para unos todo es dar cumplimiento al mandato del pueblo, poner urnas, actuar pacíficamente y aplicar la democracia, para los otros se trata de violación de la Constitución y el Estatut, de no acatar las resoluciones del Tribunal Constitucional y de utilizar la violencia y la coacción, además de malversar dinero público.

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Los testimonios de los mandos policiales, así como del delegado del Gobierno y de la secretaria judicial encargada del registro en la Conselleria d'Economia, contribuyeron a reforzar el relato acusatorio y aportaron valoraciones y sentimientos personales comprensibles, como el miedo y la angustia de sentirse asediada o la lógica indignación por la pintada en una pared de Girona contra el delegado que borró su hija. La percepción, por parte de los mandos policiales del Estado sobre la no implicación de los Mossos ya era conocida y no aportaron gran cosa los detalles y las justificaciones expuestas. También era de esperar el anecdotario del señor Millo en lo que respecta a unos actos de violencia que, de no vivir en Catalunya en esos momento, podrías pensar en Belfast o el País Vasco.

Estábamos, pues, en el mismo lugar, con más detalles y sensaciones, pero sin cambios sustantivos en el enfoque y recorrido de los diversos testimonios presenciales, que no mostraban nerviosismo ni muchas dudas o vacilaciones. Podríamos decir que todo el mundo hacía lo que se esperaba y se le había aconsejado.

La sorpresa surgió, no obstante, el jueves de la semana pasada, y su protagonista prosiguió con su declaración el lunes, con las inevitables especulaciones sobres las presiones que pudiera haber recibido durante el fin de semana. Un veterano comisario de los Mossos, de la unidad de información, explicó, nervioso, que tenían noticias de posibles infiltraciones de grupos violentos el día 1-O y que aconsejaron en dos reuniones con los máximos responsables de la Generalitat la suspensión de la convocatoria y advirtieron que los dispositivos policiales eran insuficientes.

Veremos cómo sigue, y que dirá este jueves el señor Trapero, jefe de los Mossos esos días. Se ha abierto una grieta y todo el mundo se ha abalanzado sobre ella. ¿Porque es la primera, o porque es importante? Lo iremos siguiendo.