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El tablero catalán

El expresident Carles Puigdemont, el 20 de enero, durante la reunión con el grupo de JxCat en Bruselas.

JULIEN WARNAND (EPA)

La nueva promesa de Puigdemont

Joan Tapia

Carles Puigdemont ganó a Oriol Junqueras por 13.000 votos (948.000 contra 935.000) las elecciones del 155. Pero gracias a la raspada victoria y a que el PDECat, que ahora tanto se lamenta, le dejó hacer la lista que le dio la gana, Puigdemont manda desde entonces en el independentismo. Nombró a Quim Torra 'president', a Elsa Artadi y Laura Borràs, y finalmente forzó la votación contra los presupuestos de Pedro Sánchez porque no aceptó negociar un referéndum de autodeterminación.

Aquella campaña del 2017 recurrió repetidamente al argumento, luego demostrado falso, de que si ganaba las elecciones, el president destituido por Mariano Rajoy volvería a Catalunya. A la hora de la verdad prefirió Waterloo a Soto del Real.

Ahora, ante las elecciones europeas, vuelve a prometer lo mismo: si es eurodiputado tendrá inviolabilidad parlamentaria y regresará a Catalunya. Sin entrar en grandes disquisiciones no parece una propuesta creíble y por eso, hasta hace muy poco, Puigdemont descartaba presentarse a las europeas. Pero está en juego el dominio del independentismo y tras haber liquidado a los moderados del PDECat, lo que Puigdemont quiere -en las legislativas y europeas- es evitar la victoria de Junqueras que predicen todas las encuestas. Por ello promete lo que promete. Como en diciembre del 2017.
Lo que queda claro es que en el secesionismo hay una guerra sin cuartel entre los seguidores de Puigdemont -independentistas radicales sin partido y poca experiencia política más exconvergentes radicalizados- y ERC. ¿Por qué esta pugna tan descarnada entre dos mundos que dicen tener el mismo objetivo y que -consecuencia del gran fracaso de la DUI- no viven en el mejor de los mundos y algunas veces incluso comparten prisión?

No es fácil de entender. En parte se debe a que ERC ha tomado nota de que "jugar al tute yendo de farol" tiene malas consecuencias y, sin renunciar a nada (ahí está la declaración de Junqueras en el Supremo), quiere adoptar una actitud más realista, y que, por el contrario, Puigdemont apuesta al maximalismo del 'tot o res' y cree que una España ingobernable es la antesala de la independencia. Pero esta diferencia no lo explica todo porque Jordi Sànchez no parece que comparta el mundo imaginario de Torra, el presidente vicario. Y finalmente ERC -por miedo a parecer complaciente o por contradicciones internas- ha acabado votando contra los presupuestos. Como quería Puigdemont.


¿Entonces? Quizás haya mucho -no todo- de pura y dura lucha por el poder entre dos aparatos políticos, uno más estructurado y el otro más iluminado. Urkullu ha dicho que Puigdemont no quería la DUI, pero la acabó proclamando (a medias). ¿Creyó que las 155 monedas de plata, el tuit de aquella mañana de Rufian, harían que oliera a 'puta i ramoneta' y, acusado de traidor, perdiera las elecciones?
Todo es difícil de entender. Demasiadas promesas imposibles, demasiados incumplimientos y demasiados tristes resultados. Para remediarlo, nueva promesa: si es eurodiputado, Puigdemont será inviolable y volverá a Catalunya.