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IDEAS

El ministro de Cultura, José Guirao.

JOSÉ LUIS ROCA

Un ministro llorica

Xavier Bru de Sala

Gracias al coleccionismo de los Austria y al genio de los grandes pintores españoles, El Prado es uno de los mejores museos del mundo. Pero al actual ministro de Cultura, José Guirao, no le basta. Poco le faltó, en la entrevista publicada en EL PERIÓDICO la semana pasada, para acusar de idiotas a los diez millones de visitantes anuales del Louvre, en contraste con la distinción aristocrática de los tres de El Prado. La gente desfila en interminables rebaños por el Louvre y, sin comprenderlos, pasa por delante de los iconos del arte universal, dispuestos como señuelos, mientras en El Prado se dialoga con unas colecciones expuestas con coherencia.

El Prado es uno de los mejores museos del mundo. Pero al actual ministro de Cultura, José Guirao, no le basta

Convendría notar, sin ánimo de ofender, que el Louvre fue residencia real y joya permanente de la corona, el imperio y la república, mientras El Prado, además de ser concebido con mucha más modestia, sufrió casi dos siglos de semiabandono, con las salas repletas de leña para que el personal no pasara frío, y que si no se incendió fue gracias a la protección de un ángel custodio. Cada uno carga con el pasado que le corresponde. El mejor museo de arte precolombino de Europa está en Berlín, constatación que no dice gran cosa a favor de la perspicacia y la sensibilidad de Madrid como capital cultural a lo largo de los siglos.

Si el Louvre acumula arte mesopotámico, egipcio, griego y europeo es porque París estaba ávida de capitalidad. Berlín, en cambio, no se descubrió como ciudad sedienta de arte hasta el siglo XIX; tarde pero con un empuje, una voluntad de rapiña y una planificación tan formidables que condujeron a los teutones a inaugurar, en 1930 y habiendo partido de cero, uno de los mejores y más singulares conjuntos museísticos existentes, presididos por el Pergamon. Abjurando de su pasado glorioso, Madrid sesteó entre el XVIII y el XX y cuando despertó, pasada la Transición, el pez de mayor calibre ya estaba custodiado en otros depósitos. Menos lloriqueos, ministro.