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nómadas y viajantes

Encuentro del ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, y la ultraderechista francesa Marine Le Pen, el pasado octubre, en Roma. 

ALESSANDRO DI MEO (EFE)

El discurso radical contagia a la derecha democrática

Ramón Lobo

Los partidos tradicionales usan las elecciones europeas para apartar a jubilados; la extrema derecha, para dinamitar la UE

Ocho países no firmaron el pacto global de la migración por temor a que las formaciones ultras sacaran rédito electoral

Perdimos el control de la narrativa de qué es democracia: votos, derechos, igualdad, educación para todos, sanidad universal e impuestos progresivos y justos para financiar el Estado, la casa común. En la maraña del fake news prosperan los oportunistas. Ganan los fabricantes del odio y el miedo, personas y partidos con un discurso simple que señalan al migrante como responsable de todos los males.

Las extremas derechas, revitalizadas por la victoria de Trump, se preparan para dar el golpe en las elecciones al Parlamento Europeo (23-26 de mayo). Mientras que los partidos tradicionales aprovechan para enviar a Estrasburgo promesas para que se fogueen, y a jubilados y caídos en desgracia para quitárselos de en medio, las extremas derechas tienen un objetivo: dinamitar la UE desde dentro. Las encuestas les otorgan 100 de los 705 diputados de la Cámara (ya sin británicos).

El problema no es el número, todavía, sino que están contagiando el discurso de la derecha democrática agrupada en el Partido Popular Europeo (hoy con 227 escaños). Esto resulta evidente en España con PP y Ciudadanos. Un ejemplo de contaminación ideológica: ocho países de la UE no firmaron el pacto global de la migración, impulsado por la ONU, por temor a que sus extremas derechas sacaran rédito electoral. Hay partidos liberales y de centro que caen en la misma trampa.

La compra de frases basadas en bulos —‘nos están quitando el trabajo’; ‘tienen más derechos que los locales’ o ‘aquí no cabemos todos’—tienen un efecto demoledor porque blanquean el discurso del odio, algo que no siempre augura buenos resultados en las urnas.

La Unión Social Cristiana, aliada de Merkel en Baviera, perdió la mayoría absoluta en octubre del 2018 con la que llevaban gobernando más de 60 años. Su discurso anti-migración no sirvió de nada. Bajaron  un 10% y no frenaron el crecimiento de la extrema derecha (Alternativa para Alemania).

Eslóganes y frases hechas

El hundimiento socialdemócrata en Baviera, de ser segundo a cuarto con un paupérrimo 9,7%, y el renacer de Los Verdes, que quedaron segundos con un 17,5%, contiene un mensaje. Para contrarrestar el discurso ultra hace falta algo más que eslóganes y frases hechas, hay que construir un relato basado en el cambio climático, el feminismo como motor de igualdad y la defensa de los derechos sociales.

Los medios no somos inocentes. Mantenemos el foco en los Matteo Salvini, Marine Le PenAbascal y Trump porque son rentables: garantizan vistas y audiencias. Ayudamos a hacer normal lo anormal.

En la tormenta perfecta confluyen varios elementos. En la base de todo está la crisis del 2008, provocada por la gula de los mercados y las desregulaciones bancarias de la revolución neoconservadora de Reagan Thatcher en los años 80. La pésima gestión de la crisis, haciendo recaer el peso de los ajustes en los más débiles, hundió el prestigio de las élites políticas tradicionales, democristianos y socialdemócratas, impulsores del Estado del bienestar y de la UE.

El sarcasmo es que las élites económicas, causantes de esta depresión, han salido reforzadas. La globalización les ha otorgado más poder que los Estados. Pueden hundir gobiernos (Grecia) o monedas (euro, lira turca). Son los jefes.

Este sería el segundo factor: el miedo a la globalización. Sus perdedores se han quedado sin defensa. Son los que hoy caen cautivados por el discurso simple de las extremas derechas, que señalan los enemigos: el extranjero, la UE, el musulmán. Esto explica por qué barrios que votaron comunista en el pasado en Francia hoy votan a Le Pen. Ha pasado en Andalucía con Vox.

Cambio tecnológico

Nos dirigimos a un gigantesco cambio tecnológico, la cuarta revolución industrial. Son los algoritmos y son los robots, y el temor de que con ellos van a desaparecer millones de empleos. Lo ocurrido con los taxistas es la punta de un iceberg. Este cambio expulsa a los vecinos de los centros históricos y modifica las ciudades arrasadas por un turismo que se mueve como termitas. Este cambio genera incertidumbre, miedo. Es un vivero de votos en busca de un salvador.

Los nuevos nacionalismos construyen su mensaje en la defensa de patrias homogéneas y puras y en sus ataques al individualismo (libertad) y al universalismo (globalización). La paradoja es que los vencedores de la crisis, los que se benefician de esta economía global libre de impuestos, son los que apuestan por las extremas derechas, algo que resulta evidente en EEUU y Brasil. 

No buscan instaurar Estados totalitarios, quieren ganar las elecciones y mandar desde una apariencia democrática, eso sí, sin oposición como en Rusia, Hungría y Turquía, donde ser disidente es garantía de cárcel o exilio. Vladimir Putin no es inocente en lo que está pasando, es una de las manos que mece la cuna. La otra es la de Steve Bannon, exasesor de Trump.

Es una batalla que las fuerzas democráticas, y más si son de izquierda, parecen librarla a su aire. Hay una frase de Tácito que deberíamos apuntar: "Quienes hacen la guerra por separado, son vencidos juntos".