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La sororidad y la complicidad entre mujeres

Intersecciones

LEONARD BEARD

En lugar de muchas pequeñas soledades que se tocan tangencialmente, querría, como mi abuela, envejecer entre amigas

Pensaba en eso que llaman sororidad hablando por teléfono con mi amiga Laura que vive en Barcelona. Le contaba de una conversación telefónica la tarde anterior, en esa hora que para mí es la más difícil desde que he perdido a mi pareja, el atardecer. Otra amiga, Pilar, me había llamado desde Donosti, donde está rodando. Al colgar hablé con una tercera, Lourdes, que está en Lanzarote, haciendo otra película. Por la mañana Lydia me había enviado fotos de su ternero recién nacido desde el pueblo aragonés donde vive. Arantxa desde Berlín me enviaba una canción de su coro y días antes Helena desde Sevilla me recomendó lecturas para mi duelo, lo que mi médico llama biblioterapia. Esta es solo una muestra de la solidaridad contemporánea entre mujeres basada en muchas pequeñas soledades que se tocan sin confluir, al menos físicamente, más que de tanto en tanto.

La sororidad de antes, esa red de cooperación, apoyo y afecto entre mujeres, se daba de otra forma. En parte al teléfono, incluso cuando charlar salía caro porque no había tarifas planas, pero principalmente mano a mano, hombro con hombro. La presencia física desbancaba a cualquier otro sistema. Las mujeres solas fueran viudas, solteras o separadas en una época sin divorcio, se veían para jugar a las cartas, para merendar, para pasear, hasta para alquilar un apartamento juntas 15 días en la playa, pero sobre todo para combinar sus soledades por principio y como elección muy consciente de vida. Era una estrategia de supervivencia en una sociedad en la que todo ocurría más lentamente, había más certezas y donde la gente tenía menos obligaciones (o menos alternativas) y disponía de tiempo libre para establecer rutinas.

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Por el contrario, las mujeres hoy, en especial en las grandes ciudades, tenemos muy difícil replicar ese modelo. Carecemos del tiempo para ello, nos sobran obligaciones, incertidumbres y cansancio y en consecuencia nos cuesta consolidar costumbres. Lo que más se asemeja a aquellos encuentros femeninos de generaciones anteriores son las cenas de amigas, algo que no tenía mucha cabida en esa sociedad en la que la mujer que salía por la noche sola solo podía recibir un nombre, y no muy bonito. Hace pocos días, en esta fase en que miro atrás y miro adelante, deteniéndome lo justo en el presente porque duele demasiado, me topé con un artículo que escribí para un dominical allá por el 2002. Recogía una cena de cinco amigas que nos habíamos embarcado (con algunos hombres) en una cooperativa para producir una obra de teatro. Teníamos 28 años la más joven, 37 la mayor.

La obrita tuvo su temporada en Madrid y Barcelona y hablaba de feminismo, pero eso no era lo central en la conversación de aquella cena, sino esa combinación de barbaridades, reflexiones y terapia que las mujeres nos intercambiamos cuando hay confianza. De las cinco solo yo tenía una hija. El resto eran solteras, saltando de ligue en ligue, salvo una con una pareja muy sólida, muy estable, que curiosamente es la que hoy está separada. De las cuatro actrices, dos han tenido un hijo; dos siguen sin ellos; dos han tenido una sólida carrera; otra sigue trampeando en el teatro independiente y la cuarta dejó las tablas para emigrar a Australia, luego a Estados Unidos y por fin volver a España donde tengo entendido que da clases de yoga. Cuánto hemos cambiado dice la canción de Presuntos Implicados, lo mismo podría cantar yo. La alegría y la despreocupación que destila aquella reunión leída hoy me resulta lejana. Me parece la feliz inconsciencia de a quien la vida todavía no ha vapuleado y, por momentos, me resultan peligrosas algunas bromas y frivolidades que hoy pagaríamos, por incorrectas, muy caras. No solo hemos cambiado nosotras, también el contexto público y no digamos ya los medios.

Me pregunto cómo compartir lo que sabemos si el modo de vida que se ha impuesto separa a las personas 

En esas noches en que últimamente me desvelo, que son casi todas, a veces pienso en aquella cena del 2002 y en cuánto han cambiado nuestras vidas y lo que sabíamos del mundo. Sigo necesitando las cenas con amigas, aunque por facilitar la conciliación ahora sean meriendas o almuerzos, dependiendo de lo infernal de nuestros calendarios. Pero la cuestión, además de seguir viéndonos lo más posible para compartir cuitas y deseos, es qué hacer con lo que hemos aprendido: lo bueno y lo malo, las conquistas y las derrotas, lo perdido y lo que está por venir. Me pregunto cómo compartir lo que sabemos si el modo de vida que se ha impuesto separa a las personas. Sea en el trabajo o en el tiempo de ocio (¿existe verdaderamente el tiempo libre?) vamos siempre de cabeza. Y no voy a decir ahora que envidio tiempos pasados que no viví, pero sí añoro esas confluencias de soledades, esas intersecciones temporales con las amigas y las rutinas compartidas. En lugar de muchas pequeñas soledades que se tocan tangencialmente, querría, como mi abuela, envejecer entre amigas.