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Protestas que marcan la agenda en Europa

Los taxistas no son 'chalecos amarillos'

MONRA

Los taxistas no son 'chalecos amarillos'

José A. Sorolla

La rebelión de los conductores de taxi contra los VTC en España es sectorial, mientras que la francesa es social

No basta con ponerse un chaleco amarillo para ser un 'chaleco amarillo'. Los taxistas de Barcelona y Madrid se han vestido de amarillo para imitar el movimiento francés, pero entre las dos movilizaciones hay más diferencias que semejanzas. Las únicas coincidencias son la condición de víctimas de la globalización, la relación con el mundo del automóvil -los 'chalecos amarillos' franceses lo necesitan para trabajar y vivir, como los taxistas en España- y la deriva en episodios de violencia -mucho mayor en Francia- y en patinazos ('dérapages') lamentables, como los brotes de antisemitismo en París o las declaraciones homófobas del líder de los taxistas de Barcelona.

Todo lo demás son diferencias. La primera es que la rebelión de los taxistas es sectorial mientras que la de los 'chalecos amarillos' es social. La revuelta de los taxistas se parece mucho más a la que hubo en Francia en el 2008 cuando Nicolas Sarkozy, siguiendo las recomendaciones del economista Jacques Attali, se propuso liberalizar el sector, monopolizado en París por 16.000 licencias que pertenecían en gran mayoría a la misma empresa. El intento de elevar el número de taxis hasta 50.000 o 60.000 y conceder una licencia gratuita a los 6.500 aspirantes a taxistas en lista de espera provocó una respuesta furibunda de los conductores, que bloquearon ciudades, carreteras y aeropuertos hasta que el Gobierno retiró las medidas. El monopolio era tal que París tenía entonces (2008) las mismas licencias que en los años 30 del siglo XX y el conflicto terminó con la autorización de apenas medio millar más. Cambiando ahora el aumento de licencias por la competencia de los VTC, la situación es similar.

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Otra gran diferencia es que el movimiento de los taxistas es urbano mientras que el de los 'chalecos amarillos' es rural. Los taxistas han bloqueado las dos principales ciudades, Barcelona y Madrid, mientras que en Francia, pese a que las manifestaciones más numerosas y violentas han aprovechado el escaparate de París, la protesta ha surgido en las ciudades medianas y pequeñas, de entre 5.000 y 20.000 habitantes, lo que el geógrafo Christophe Guilluy llama “la Francia periférica”, análisis que otros expertos (el sociólogo Pierre Veltz, el economista Laurent Davezies o el investigador Eric Charmes) discuten alegando que muchas de estas zonas son polos de dinamismo económico y cultural. Según el historiador Pierre Rosanvallon, es un movimiento heterogéneo tanto sociológica como ideológicamente, compuesto por asalariados y jubilados modestos pertenecientes a unas capas medias y populares olvidadas, ausentes del debate social, invisibles hasta ahora, y de ahí la elección del fluorescente chaleco amarillo para ganar visibilidad. Unos cinco millones de franceses pueden integrar esas franjas.

Soluciones distintas

Las soluciones a ambos conflictos también difieren. En España no habrá otra alternativa que compaginar un sector superregulado como el del taxi con otro mucho más liberalizado como el de los vehículos con conductor. La solución debe considerar un equilibrio entre los dos -menos regulación del taxi y más de los VTC-, pero sin medidas que anulen a una de las partes y teniendo en cuenta que las nuevas formas de movilidad facilitadas por las nuevas tecnologías han llegado para quedarse y no pueden ser eliminadas porque eso sería como poner puertas al campo.

En Francia, la solución es mucho más compleja porque los 'chalecos amarillos' solo han sido el toque de alarma de realidades más profundas que no solo tienen que ver con los estragos de la globalización salvaje, sino también con los defectos de la representación política. El sociólogo y filósofo Edgar Morin considera que “los 'chalecos amarillos' son el signo de una crisis de fe. Crisis de fe en el Estado, en las instituciones, en los partidos, en la democracia” ('Le Monde', 4-12-2018). Francia se encuentra ahora en plena terapia, con el debate nacional suscitado por el presidente Emmanuel Macron en su carta a los franceses mediante el que los alcaldes y los ciudadanos que lo deseen pueden discutir soluciones sobre cuatro temas -ecología, fiscalidad y servicios públicos, ciudadanía y democracia y organización del Estado- durante dos meses. Para un presidente tan arrogante, individualista y alejado de la gente, es ya un gran cambio, pero, como dice el intelectual francés de origen marroquí Tahar ben Jelloun, “Macron tiene mucho que aprender, no solo sobre la forma de gestionar un país, sino sobre sus propias carencias, sus defectos y sus puntos débiles, sobre el tiempo, que ha sido muy clemente con él”.