29 mar 2020

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Los organizadores del festival Fyre, en una imagen del documental ’Fyre: the greatest party that never happened’.

Fyre: contra el pícaro pijo

Miqui Otero

Hay un par de frases que deberían hacerte sospechar (incluso correr y no mirar atrás) en un entorno laboral. Una es: "Tienes que disfrutarlo. Vivirlo. Sentirlo tuyo. No puedes tomarte esto solo como un trabajo". La otra: "¡Cerdos! Necesitamos filmar cerditos nadando en la playa".

Lo segundo se escucha en una reunión, mientras los organizadores preparan un vídeo promocional, de 'Fyre: the greatest party that never happened'. El documental, estrenado en Netflix, documenta la gestación, fiasco, acciones ilegales y acciones legales de un festival de música para vips, influencers y otros pijos del montón. Esa cita exclusiva se debía celebrar en una isla de las Bahamas que fue propiedad de Pablo Escobar y enfocar el concepto de festival al único sector (que no es un sector, sino una cultura) que se refuerza con cada crisis: el lujo. La cita, también la peli, funciona como espejo esperpéntico de todo lo que sucede hoy. Una influencer puede cobrar 250.000 dólares por un solo post recomendando la asistencia, mientras que los habitantes de esas islas curran durante semanas 24 horas y no ven un duro. Al menos Egipto nos legó unas pirámides.

A mí, que me planteo si debería entrar en una librería algo piripi o en un supermercado con resaca (de la primera puedo salir con varios libros que ya tengo y del segundo, con dos carros de pastelitos de la Pantera Rosa), me resulta curioso ver cómo los chicos de Fyre, salidos del entorno emprendedor de las aplicaciones y start-up, deciden montar un festival millonario mientras beben tequila y se ponen hasta las cejas en yates. "Vivamos como estrellas del cine, emborrachemonos como estrellas del rock, follemos como estrellas del porno", dice uno de los iluminados en pleno delirio megalómano. "Deberíamos pensar menos en traer modelos y más en traer váteres", avisa otro sorbiendo un agüita.

Habrá quien vea esto como un retrato de la generación millenial, de la cultura del evento y del 'fake it until you make it', pero habría entonces que hablarle de episodios de hace décadas como el festival de Altamont (donde se pagó a Ángeles del Infierno con cervezas para que se encargaran de la seguridad) o de Wild Wild Country (donde la promesa de la secta era sexo y espiritualidad, la misma que en Fyre).

El fracasado festival fue la traslación a la realidad de la cultura Instagram, que no es algo generacional sino de clase e incluso de género

Esa vigoréxicamente masculina cultura del pelotazo, del esto se decide con un chupito, de la reunión en yate, el 'marlboraco' encima de la mesa y el teléfono manos libres (parecen esquizofrénicos) domina este festival, pero también los tejemanejes de partidos políticos (ver la también reciente 'El Reino', sobre la trama del Partido Popular), los sectores de la construcción (lean a Chirbes) o los ERE de medios de comunicación digitales con trabajadores brillantes y jefes megalómanos.

Siempre es gracioso ver a un pijo alarmado ante lo que entiende como un error del sistema (no llega mi mensajero de Glovo, mi Iphone me pide una actualización tan larga, los taxistas pierden la razón con las formas, etcétera) y los asistentes pudentes a Fyre las pasan canutas (y se portan como ratas) en un recinto que debía ser una arcadia del lujo ibicenco y que acaban percibiendo como un campo de refugiados de Idomeni. Esta película podría ser la versión documental de 'Spinal Tap', si no fuera porque fue real y al final del documental la responsable del restaurante de la isla pierde todos sus ahorros para pagarle algo a sus trabajadores y poderlos mirar a la cara.

Se suele aludir a la picaresca para hablar de este tipo de personajes. Pero pícaro es el héroe que nada tiene y sin embargo sobrevive. El que tiene todo y quiere que nadie más sepa qué es la vida no es un pícaro, sino un cretino y un sinvergüenza. Por eso, desde muy pequeño, mi personaje favorito es Arsenio Lupin, ladrón de guante blanco, que solo robaba a los ricos y que una vez entró en la casa de un conde y no robó nada, pero le dejó una nota: "Volveré cuando sus muebles sean auténticos". Porque nada en ellos lo es.