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Al contrataque

Los chalecos amarillos vuelven a salir a las calles de París.

VALERY HACHE (AFP / VÍDEO: EUROPA PRESS)

Aguántate y calla

Antonio Franco

El caso de los 'chalecos amarillos' nos recuerda que a los ciudadanos les han dicho tantas veces que ellos son los protagonistas de la democracia que ahora exigen que se traduzca en hechos y que sus representantes les obedezcan a ellos

Francia continúa yendo por delante a la hora de llevar a la calle los cambios profundos de las sensibilidades sociales. Probablemente en el futuro se verá la actual protesta de los 'chalecos amarillos' como el inicio de una profunda reestructuración de las democracias occidentales, algo tan trascendente como lo que supuso el paso adelante de la juventud que pedía más libertades individuales y más protagonismo en mayo del 68. Eso no quiere decir -al igual de lo que pasó entonces- que vaya a cristalizar tal como se presenta ahora la protesta desorganizada pero profunda contra el actual estado de cosas. Pero es una semilla. Desde hace dos meses las reivindicaciones movilizan al país con manifestaciones tozudas. No reúnen mucha gente, aún tienen que depurarse de los ramalazos violentos que las acompañan, pero gozan de la complicidad de la mayoría. A los ciudadanos les han dicho tantas veces que ellos son los protagonistas de la democracia que ahora exigen que se traduzca en hechos y que sus representantes les obedezcan a ellos de una vez.

Macron tiene que empezar a debatir fuera de la Asamblea Nacional con ciudadanos normales que expresan sus decepciones y necesidades. Es un golpe en la nuca al papel de los partidos políticos como intermediarios. En realidad no lo son, solo fingen serlo. Las cúpulas de esos partidos hacen lo que quieren, y no solo en Francia como saben ustedes. Regresa un espíritu asambleario que esta vez quiere ser impecablemente democrático. Es asimismo una rebelión contra la transferencia de poder hecha por los cargos electos al mundo financiero;  en las últimas crisis los banqueros y los administradores de las cajas de ahorros públicas han sido los primeros en no respetar las reglas del propio sistema capitalista, seguidos por los jefazos de las grandes multinacionales.

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La gente desconfía de ese 'alto mando' y quiere más protagonismo directo. Otros perdedores son los que podríamos llamar los 'periodistas de orden', defensores de  que lo que existe es un mal menor. Han perdido influencia. Se les considera el brazo propagandístico del "aguántate y calla' o 'resígnate y jódete', los grandes eslóganes secretos del statu quo del 'austericidio'. Así como la llegada del Derecho -en mayúscula- obligó a dar un paso atrás a la brutal ley del más fuerte, el clamor de la reclamación de "más democracia y esta vez de verdad" quiere hacer retroceder al despotismo ilustrado. Es una rebeldía contra los que dicen: "Tomamos las decisiones por vosotros porque no estáis suficientemente preparados" y un deseo de sustituirlo por un "vamos a decidirlo entre todos, realmente entre todos'" A los políticos se les relega al papel de ejecutores de la voluntad popular.

No es una revolución. Es una reacción después de mucha traición a la revolución democrática.