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IDEAS

Màrius Sampere, en los Premis Ciutat de Barcelona, el 2003. 

JULIO CARBÓ

Manos en el hombro

Jaume Subirana

En el penúltimo disco de Mary Chapin Carpenter, 'The Things That We Are Made Of', destaca un tema de tempo lento que parece pensado para hacer lucir la letra: "Hand on my back". La cantautora habla en él de recuerdo y agradecimiento, y de cómo a medida que avanzamos en la vida lecciones y sueños se van entrelazando: "Todos volvemos al suelo, todos caemos del cielo/ Nos quemamos, nos rompemos, nos destrozamos y lloramos/ Pero nos mantenemos enteros por la vista y por un pacto/ que empieza con el toque de tu mano en mi hombro". Escucho la canción y la vuelvo a escuchar lejos de casa y de los hechos de los últimos meses, los buenos y los luctuosos, y entre estos últimos me doy cuenta de que en pocos meses han muerto dos personas que de alguna manera fueron manos en mi hombro.

Recuerdo a buena gente que ha muerto en los últimos meses, Robert Saladrigas y Màrius Sampere 

Lo fue el novelista y crítico Robert Saladrigas (1940-2018), responsable durante mucho tiempo de la sección de libros de 'La Vanguardia', donde en los años 80 acogió a un crítico veinteañero y sin experiencia con tres jefes (Josep-Anton Fernàndez, Oriol Izquierdo y quien esto firma) y nombre inventado, Joan Orja. Saladrigas no nos conocía de nada y nos dio una confianza absoluta: no recuerdo un solo caso de censura ni ningún tropiezo grave en cuatro años de reseñas regulares, y sí en cambio un puñado de conversaciones tranquilas, curiosas y alentadoras. Gente buena, buena gente. También lo fue Màrius Sampere (1928-2018), ahora noticiado y homenajeado pero durante años -hasta que lo fue reivindicando la tozudez de Vicenç Llorca, Àlex Susanna o Sam Abrams- poco más que un iluminado periférico. Sampere era, como Saladrigas, discreto, amable y generoso, y su mano temblorosa tiembla aún en mi antebrazo cuando lo evoco. A veces pienso si no me debió pasar así parte de su empeño por escribir.

¿Cuántas manos caben, una sobre la otra, en nuestros hombros tan pequeños? Vuelve a empezar la canción de Chapin Carpenter: "Me muevo por el mundo como una flecha que vuela/ partiendo el aire mientras cartografío el cielo/ Y abajo muy abajo el eco no se pierde/ Recuerdos que suenen como cadenas que se tambalean". Flecha y aire, eslabones y cadenas, manos y hombros. Memoria y agradecimiento.