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Una visitante fotografía un cuadro de Joan Miró en la exposición de París del Grand Palais.

CHRISTOPHE ARCHAMBAULT / AFP

250 Miró, 10 Caravaggio

Xavier Bru de Sala

Colas en las frías calles, como siempre, tanto para ver la magna exposición sobre Miró en el Grand Palais como la singular muestra de Caravaggio en el, llamémosle museo, Jacquemart-André. Son sólo dos entre la docena de exposiciones imprescindibles de estos días en París. Nadie puede competir, ni Londres ni Berlín. Madrid hace más de lo que puede. Barcelona ni se esfuerza. A ver si alguno de los candidatos a la alcaldía es capaz de leer el 'Alerta Barcelona' de Miquel Molina.

Igual que la gran antológica de Dalí en el Pompidou del 2012, la de Miró tampoco vendrá a Barcelona. Ni sabríamos dónde ponerla. Doscientas cincuenta obras y un ausente, el propio Joan Miró, que los franceses ni se molestan en intentar comprender porque no aciertan a salir del cascarón cartesiano. Antes de visitarlo, a documentarse pues sobre este titán que se atrevió a luchar contra sí mismo más allá de todo límite, con las armas de la sinceridad y la contundencia, sin renunciar nunca a la pureza de ánimo y de alma.

Igual que la antológica de Dalí en el 2012, la de Miró tampoco vendrá a Barcelona

Es de temer, en cambio, que la verdad íntima de Caravaggio se nos haya escapado para siempre. En más de una tertulia en su casa, Antoni Tàpies nos sermoneaba, a los jóvenes de entonces, sobre el artista como demiurgo que conecta a los pobres mortales con lo inefable. Artista y asesino es incompatible, sentenciaba. Pues tal vez no. Caravaggio es tan bueno porque era muy malo. No habría traspasado tantos límites, ni prefigurado el barroco, de no haber sido poseído por un alma de alborotador que se lo llevaba al galope. Quizás nunca sabremos de qué va su lascivo joven desnudo a punto de ser besado no por un cordero sino por un marrano muy lanudo y cornudo. A pesar de las evidencias, hasta el siglo XX nadie osaba identificar la pareja como San Juan Bautista y su primo Jesús.

Por lo menos en el arte, los demonios existen. Unos aparecen más terribles de lo que son, otros se transforman y alcanzan a ser medio angélicos. Caravaggio. Miró.