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TRIBUNA

Invisibilidad

Invisibilidad

Josep Oliver Alonso

Catalunya es una sociedad partida. No solo políticamente. También socialmente. Porque un amplio colectivo goza de oportunidades que, para la otra mitad, simplemente ni existen

Esta es una semana proclive a la nostalgia invernal. Las felicitaciones, la iluminación de calles y comercios y los buenos deseos de medios, amigos y familiares terminan generando un panorama psicológico en el que, a trancas y barrancas, navegamos con dificultad. Una dificultad con tonos muy particulares. Así, para las cerca de 200.000  personas que viven solas en la ciudad de Barcelona, serán días agrios, en los que los recuerdos de un pasado, probablemente más feliz que el presente, no servirán para dulcificar su aislamiento. Para las jóvenes parejas, con hijos ilusionados a la espera de los regalos navideños, la vivencia será muy distinta: recordarán, quizá con una mezcla de controlada melancolía y satisfacción, que no hace tanto eran ellos los que aguardaban ansiosos el Tió y los Reyes. Para las parejas ya mayores, esas evocaciones tendrán, al mismo tiempo, un regusto amargo y reconfortante. Porque forman parte de una larga historia, que se hunde en la oscuridad de los tiempos, y porque han vivido lo suficiente para ver crecer a sus nietos. En fin, sea cual sea la situación particular, estas fiestas refuerzan vínculos y generan alegría y esperanza, pero también amargura, dolor y soledad.

Me perdonará el lector esas reflexiones personales, pero no se me ocurre otra forma de entrar en materia, en particular estos días, en un aspecto especialmente hiriente de nuestra sociedad: la enorme proporción de niños, un tercio del total, que vive en familias pobres.

Agua al vino

Hace unos días, el president Quim Torra destacaba el papel líder de Catalunya en el crecimiento español, la fortaleza del empleo o la importancia de sus exportaciones. Y concluía que nos encontrábamos en una situación envidiable. No seré yo quien eche agua al vino acerca de una expansión que se extiende cinco años, aunque apunta ya a su desaceleración. Pero sí destacar la unilateralidad del análisis del President.

Cierto que en Catalunya, desde el 2013, se han creado unos 350.000 empleos; que en 2017 superamos el PIB generado en 2007; que, en términos per cápita, este 2018 parece que alcanzará el nivel previo a la crisis; que la exportación de bienes y servicios está en máximos históricos, y que la inversión en bienes de equipo y la producción industrial continúan empujando. Esta es una cara, brillante sin duda, de la realidad.

La otra, mucho más obscura y olvidada, es la de la pobreza. Estos días, la Fundació Arrels, a quien admiro por su esfuerzo en pro los que no tienen techo, ha lanzado su campaña de Navidad. Y, por unos breves instantes, ha permitido visualizar una situación que debería avergonzarnos. Pero, junto a los sin techo, la pobreza es tanto o más lacerante en los hogares con dificultad, o imposibilidad, para pagar el alquiler o la luz, para comer carne o pescado tres veces a la semana o, más duro todavía, para las familias que no pueden ofrecer a sus hijos lo que consideramos imprescindible.

Exclusión social

Según Idescat, en 2017 cerca del 24% de las familias catalanas (unas 750.000) se encontraba en situación de exclusión social. Además, más del 32% de los catalanes no tenían recursos para hacer frente a gastos imprevistos, el 30% no podía permitirse una semana de vacaciones al año o el 50% tenía dificultad para llegar a fin de mes. Aunque Idescat no detalla cuantos niños viven en hogares pobres, da vértigo el 31% que muestran las cifras españolas de la Encuesta de Condiciones de Vida-2017. Porque, en este lacerante aspecto, Catalunya no es distinta. Y aunque, en esta edición, el INE no informa de qué carencias afectan a esos pequeños, sabemos que estas abarcaban desde la imposibilidad de celebrar cumpleaños a la incapacidad de compra de juguetes, imprescindibles para su desarrollo. Por descontado, todo nuestro universo de gadgets electrónicos les está absolutamente prohibido.

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Catalunya es una sociedad partida. No solo políticamente. También socialmente. Porque un amplio colectivo goza de oportunidades que, para la otra mitad, simplemente ni existen. Es cierto que la economía mejora. Y eso hay que destacarlo. Pero al 'president' no se le puede olvidar esta otra Catalunya triste, en blanco y negro y pobre de solemnidad. Porque tan catalanes son unos como otros y porque los hijos de los pobres de hoy son, ineluctablemente, los pobres del mañana.

El olvido de nuestros líderes no es casual: junto a su intolerable existencia, lo peor de la pobreza es su invisibilidad. Por la incomodidad que provoca en los que detentan el poder mediático, económico, social o político los pobres son, sencillamente, invisibles. Bones Festes!