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IDEAS

Vista de Cardona.

Cardona, singular y ejemplar

Xavier Bru de Sala

Cardona es uno de lugares más interesantes de este país. Cuenta con varias singularidades, todas derivadas de la Muntanya de Sal y la situación geográfica. La primera singularidad es la carta de población, repleta de privilegios y con escasas obligaciones, otorgada poco antes del año mil por Borrell II, nieto de Wifredo el Velloso, el fundador de la dinastía condal de Barcelona.

En aquellos tiempos y durante varios siglos, sal y riqueza eran sinónimos. La bellísima montaña de Cardona era una mina de oro blanco al aire libre. No había que excavar. Cada jueves, los primeros repobladores podían recoger tanta como quisieran. Al lado, una colina escarpada era idónea para construir un castillo a fin de consolidar la frontera, que se situaba en la línea Cardener-Llobregat. Así comenzó la historia de la familia más rica y poderosa después de la casa de Barcelona, los Cardona, primero vizcondes, después condes y más tarde duques, los dominios y castillos de los cuales, más de 30, que se dice pronto, se extendieron por todo el principado gracias a una buena administración del oro blanco.

Las otras dos singularidades son las iglesias, la románica adyacente al castillo, de una magnificencia muy rara en su época, y la parroquial, de empaque similar, costeada por los ricos mercaderes de Cardona, que es de estilo gótico temprano. La virgen que preside la segunda, con toda probabilidad un trofeo de guerra arrebatado por un almirante de la familia que saqueó Marsella, es de una expresividad, de una blancura y una sinuosidad capaces de enloquecer a los más descreídos.

La última de las singularidades de Cardona son los guías que acompañan a los visitantes de la Muntanya de Sal, el centro histórico o el castillo. Lejos de recitar salmodias de loro memorístico, lucen unos conocimientos de auténticos profesores y cuentan la historia con una pedagogía y una pasión que solo puede provenir del orgullo de pertenencia. Singular, ejemplar, de Cardona.