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May llega al número 10 de Downing Street, su residencia oficial, donde esperó el resultado de la votación sobre el voto de no confianza del Partido Conservador.

AFP / DANIEL LEAL-OLIVAS

La zombi May gana su penúltima batalla

Carlos Carnicero Urabayen

Si al leer estas líneas usted considera que ha tenido un día duro, piense en Theresa May. Si sus amigos le han traicionado, tome aire y mire a Londres. A estas alturas de la locura del 'brexit', es difícil no sentir cierta simpatía por la persistentemente zarandeada primera ministra, la segunda mujer en la historia, tras Margaret Thatcher, en liderar Reino Unido.

No sabemos si May es una zombi o si sigue perteneciendo íntegramente al mundo de los vivos, pero, con toda seguridad, la mortal batalla que acaba de superar no será la última. Por mucho que haya ganado doce meses de gracia, tiempo en el que sus compañeros no podrán reeditar el golpe para derribarla, el 'brexit' es un camino cada vez más peligroso. La primera ministra está cada día más sola y su país no está blindado para esta clase de minas.

Sin tiempo para celebraciones, May regresará a Bruselas, el mismo sitio donde ya ha estado hace menos de 48 horas y donde sigue jugando -no olvidemos que por decisión propia- en abrumadora minoría, 27 a 1. Más allá de darle un abrazo, si la frialdad británica lo permite, los europeos tienen muy poco que ofrecerle.

Las dos Irlandas

Lo han repetido en todos los idiomas: el acuerdo del 'brexit' ya está cerrado y como mucho aceptarán incorporar algún tipo de declaración interpretativa sobre la cláusula que garantiza que no habrá una frontera real entre las dos Irlandas.

No dejará de ser irónico, como recuerda satisfecho Marco Aguiriano, el secretario de Estado para la UE y artífice del acuerdo sobre Gibraltar, que May termine exhibiendo orgullosa una solución similar a la del Peñón, caracterizada en Londres, hasta hace dos días, como un papel mojado.

Al regreso a Westminster, las cosas no estarán mucho mejor. Si May tenía un gobierno en minoría con el apoyo de los unionistas de Irlanda del Norte, ahora su fortaleza parlamentaria será todavía menor y, con los cambios mínimos que puede conseguir en Bruselas, sólo un milagro le permitirá aprobar el acuerdo del 'brexit', la decisión más importante para su país desde su entrada al club europeo en 1973.

La única voluntad mayoritaria clara, nutrida de diputados de todos los partidos, es la de evitar la salida de la UE el 30 de marzo por las malas, es decir, sin acuerdo que regule la separación. Para evitar el abismo, May podría dar marchar atrás y notificar a la UE que revoca la decisión de salida, o solicitar a Bruselas una prórroga, lo que necesitaría la unanimidad europea. Ello le permitiría convocar un referéndum sobre su acuerdo o elecciones.

Precisamente este escenario, que aplazaría la salida y arriesgaría descartarla por completo, sería la última bala de May para animar al sector ultra de su partido, los artífices del golpe fallido, a aprobar su acuerdo. Por mucho que no les guste, quizá lo prefieran a seguir en Europa. ¿Y los laboristas? Deben decidir si pasan de la indignación a la acción. No les saldrá gratis su papel espectador ante el disparate del 'brexit'.