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Análisis

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. 

DANIEL PÉREZ / EFE

El daño ya está hecho

Antón Losada

La derecha ha sucumbido a un ataque de pánico y la izquierda se ha dejado llevar por la ensoñación de que Vox venía para dividir solo el voto conservador

El segundo y espeluznante debate electoral, convertido en una carrera a ver quién metía más miedo a sus votantes, y esa última semana de la campaña donde todos decidieron convertir en protagonista a un partido que hace dos meses ni estaba en la carrera, hacían temer lo peor. El daño ya estaba hecho, solo quedaba comprobar el tamaño de la avería.

Ignorando olímpicamente las enseñanzas que le ofrecen los grandes partidos de derecha de media Europa, caídos intentando competir con pequeñas formaciones de derecha extrema a quienes han hecho grandes legitimando y blanqueando su discurso xenófobo y patriotero. Pablo Casado decidió repetir los errores de Nicolas Sarkozy o Silvio Berlusconi. Albert Rivera se resistió pero al final también se tiró a los extremos. Ni uno ni otro saben lo que han hecho, con la inestimable colaboración de la errática campaña de Susana Díaz. Desde hoy han perdido el control de la agenda y los tiempos, una de sus habilidades y fortalezas. Desde hoy, la agenda política la marca la derecha extrema.

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Lo peor de Andalucía no es el espectacular resultado de Vox, que supone una desgracia para todos los demás, sino haber acabado con la excepcionalidad española. Si en España la derecha extrema no había conseguido entrar en las instituciones se debía a que, tanto la derecha como la izquierda, habían tenido el buen juicio de no comprar su agenda y no darle bola en el juego. No se consideraba a sus portavoces, ni se les otorgaba rango de actores relevantes; mucho menos se les hacía el favor de discutir o debatir unas propuestas políticas tóxicas que contaminan todo cuanto tocan porque no se puede ganar en xenofobia a un xenófobo. Eso se ha acabado. La derecha ha sucumbido a un ataque de pánico y la izquierda se ha dejado llevar por la ensoñación de que Vox venía para dividir solo el voto conservador. Casi todos decidieron regalarle hasta sus minutos de televisión y en política, como en la vida, se recoge lo que se siembra.

Muchos electores a derecha e izquierda que, en su vida, se habían planteado siquiera votar al jinete Santiago Abascal seguramente habrán decidido hacerlo después de escuchar al propio Casado explicarles que Vox y el Partido Popular defienden lo mismo y pedirles que volvieran a casa, como si ya se hubieran ido. Y si aún les quedaba alguna duda, ahí estaba Ciudadanos para decirles que si votaban a la derecha extrema también serían bien recibidos mientras Susana Díaz les recordaba dónde estaba el verdadero voto de castigo.

Si Casado piensa que ha pasado el peligro, se equivoca. Se avecinan turbulencias en un PP que gobierna en media España y no sabe si ahora mismo les separa un muro o un puente de Vox. También habrá zafarrancho en un Ciudadanos que no ha conseguido el 'sorpasso' y ahora padece un competidor y un socio que no tenía; solo Rivera podía convertir en un gatillazo haber doblado el numero de votos y escaños. Pero el dilema más serio y urgente lo tiene, sin duda, Pedro Sánchez: susto o elecciones.