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Al contrataque

Habitantes del archipiélago de Andamán y Nicobar, donde se encuentra la isla de Sentinel del Norte.

AGENCIAS

El mejor de los mundos

Milena Busquets

A veces, y a pesar de todos los horrores, resulta difícil no pensar que vivimos en el mejor de los mundos

En algún lugar del océano Índico, en la isla de Sentinel del Norte, hay una tribu de unas doscientas personas que vive como hace miles de años. Jamás han  escuchado a los Beatles ni comido una hamburguesa, las Torres Gemelas no significan nada para ellos, no saben lo qué es un televisor, se visten con taparrabos, no tienen electricidad y rechazan categóricamente cualquier tipo de contacto con el exterior. Hace unos días asesinaron a flechazos a un chalado norteamericano que llegó ilegalmente a la isla con la intención de evangelizarlos. Las autoridades indias prohíben la entrada al lugar debido a la hostilidad de los aborígenes, pero también porque a causa de su largo aislamiento podrían no estar inmunizados contra nuestros gérmenes y enfermedades.

Casi al mismo tiempo, una nave espacial de la NASA entraba en la atmosfera de Marte a 20.000 kilómetros por hora y aterrizaba en el planeta rojo después de una complicada maniobra de frenado, que los expertos llaman "los siete minutos de terror", para estudiar el interior del planeta y averiguar si quedan rastros de algún tipo de actividad sísmica o geológica.

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Mientras tanto nosotros nos enamoramos, vamos a hacer la compra, tenemos hijos, intentamos hacerles felices y decentes, escribimos libros, vamos al cine, votamos, enfermamos, cuidamos de nuestros enfermos, leemos y leemos, hacemos amigos, los perdemos, nos bañamos en el mar, compramos flores, guardamos dientes de leche en el monedero, nos mudamos, cumplimos sueños, sentimos nostalgia, vamos a buscar setas, compramos árboles de Navidad, ponemos una tirita en el dedo magullado de nuestro hijo, escuchamos a la vecina tocar el piano, bailamos, respiramos profundamente, recogemos perros abandonados, deseamos y deseamos, bebemos vino, creemos en algún Dios, visitamos museos, acumulamos libros, enviamos wasaps, ganamos ligas, perdemos partidos, perdemos las llaves de casa, aprendemos idiomas, sufrimos como animales, fracasamos, comemos pasteles de crema, escuchamos a Leonard Cohen, compramos edredones para el invierno, rompemos tazas, miramos fotos, vamos al banco, juramos amor eterno, damos besos, secamos lágrimas, acariciamos frentes febriles, asistimos a los conciertos de Navidad de nuestros hijos, pasamos noches en vela, cumplimos promesas, empezamos de nuevo, nos resfriamos, limpiamos armarios, atamos cordones, pelamos fruta, sentimos el sol en la cara al salir de casa y cerramos los ojos un instante.

Intentamos averiguar si hay vida en otros planetas y cómo viven y quiénes son los que comparten éste con nosotros.

A veces, y a pesar de todos los horrores, resulta difícil no pensar que vivimos en el mejor de los mundos.