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Traslado del féretro de Franco hacia el Valle de los Caídos, el 23 de noviembre de 1975.

ANTONIO F. NAVAS

No todo estaba atado y bien atado

Andreu Claret

La operación Lucero fue una hábil campaña de 'marketing' destinada a hacernos creer que a España solo le aguardaban dos destinos: el franquismo (si hacía falta, reformado) o el caos

España, 1975. Yo era entonces un privilegiado. Trabajaba en 'Cambio16', donde teníamos un margen que no tenía nadie, o casi nadie, para contar lo que pasaba. Entre llamada, secuestro y amenaza, podíamos narrar algo o mucho de lo que ocurría. Yo pude incluso publicar un suelto elíptico sobre la creación de la Unión Militar Democrática, tras hablar con el capitán Julio Busquets. Era el verano de 1974, año y medio antes de la muerte de Franco, cuando Ejército y franquismo parecían una sola cosa. El régimen permitía eso que Carrillo llamaba "espacios de libertad", por los que transitábamos 'Triunfo', 'Cuadernos para el Diálogo' o 'Cambio16', pero también recordaba sus orígenes y su razón de ser con la represión y la muerte. La de Juan Paredes Manot, el 'Txiki', fusilado en Collserola junto a otro etarra y tres miembros del FRAP, en septiembre de 1975. Así era España cuando Franco enfermó y cuando murió, el 20 de noviembre de 1975, tras una larga agonía.

Cuando me llamaron, todavía era de noche. Era un colega de 'Cambio16' de Madrid. Repitió: "Franco ha muerto, Franco ha muerto"... hasta cuatro veces. Pensé que se había extraviado, pero Franco, efectivamente, había muerto. ¡Joder! Era absurdo extrañarse de que hubiese muerte. Lo sorprendente era más bien que estuviese vivo. Ahora se ha descubierto que murió probablemente el día antes, y que quienes manejaban el poder aplazaron el comunicado al día siguiente para hacerlo coincidir con el de la muerte de José Antonio. Pero Franco había muerto, y el famoso teletipo de EuroPress no era el último invento de la coalición judeomasónica que tanto atormentaba al Caudillo.

Nadie pensó que fuera una 'fake news'. Lo que ocurría era que no sabíamos muy bien qué era lo que había muerto. Si aquel cadáver disminuido, entubado y rodeado de médicos acojonados, o el dictador. Franco había muerto, pero el franquismo seguía vivo. Este fue el sentimiento que nos obligó a contener la alegría. Lo que más me impactó fue la precisión suiza con la que se desarrollaron los acontecimientos. Como si hubiera una mano oculta que llevara a cabo los funerales y diera paso a los hechos sucesorios. Era un sentimiento extraño. Por un lado, sabíamos que el franquismo era un anacronismo y más después de la caída de Salazar. Por otro, la voladura del almirante Carrero Blanco, en 1973, había tenido efectos taumatúrgicos, poniendo de manifiesto que no todo estaba tan atado como Franco había pretendido en su lejano discurso de 1969. Pero cuando murió, aunque solo fuera por unos días, pareció que todo estaba, efectivamente, atado y bien atado.

Ahora hemos sabido que la operación Lucero, pensada por Carrero Blanco, con la venia de Franco, y ejecutada por los servicios de inteligencia militar, estaba destinada a dar esta sensación. Mostrar determinación no era una cuestión menor. Lucero fue una hábil campaña de 'marketing' destinada a hacernos creer que a España solo le aguardaban dos destinos: el franquismo (si hacía falta, reformado) o el caos. Tras 36 años de dictadura, era lógico que mucha gente se tragara el anzuelo.

Nada sería igual

La sesión conjunta de las Cortes y el Consejo del Reino en la que Juan Carlos fue proclamado rey contribuyó a que todos creyéramos que el futuro estaba sentenciado. Franco había muerto en la cama y el Rey tomaba posesión aupado por el franquismo. Desde la oposición escudriñábamos todos los gestos y las miradas de aquella sesión para captar algún matiz, pero lo cierto es que era muy difícil dar credibilidad a las especulaciones que hablaban de divisiones en el seno del régimen. Yo lo veía fatal, con aquellas muestras de dolor auténticas o forzadas, de una parte importante de la sociedad, y con Juan Carlos y Sofía presidiendo el funeral, rodeados del grueso de la oficialidad. Sin embargo, pronto me di cuenta de que, muerto Franco, nada sería igual.

El número de 'Cambio16' siguiente a la muerte de Franco estaba dedicado a 'Las lenguas libres', escrito así, en la portada y en las cuatro lenguas que se hablan en España. Ahora puede parecer poco, pero, cuando el cadáver de Franco acababa de llegar al Valle de los Caídos, era mucho. Todo fue muy rápido, tanto que las resistencias del régimen a cambiar eran cada vez más grotescas. Recuerdo el primer aniversario del 20-N, el de 1976. Un funeral en el Valle de los Caídos, presidido por los Reyes, con un millar de jefes y oficiales de los tres ejércitos que rindieron honores militares. No era muy alentador, pero los falangistas de a pie, convocados por la Fundación Francisco Franco, se manifestaron a parte. No quisieron estar junto a su antiguo jefe, Adolfo Suárez, que había sido el encargado de formar Gobierno por el Rey.

Ramalazos del pasado

Año y medio después de la muerte de Franco, Suárez legalizaría el PCE y convocaría las primeras elecciones libres. Como sabemos, no todo quedó desatado, ni mucho menos. Pudimos comprobarlo en 1981, con Tejero, y lo podemos percibir aún hoy, en ramalazos políticos o judiciales que recuerdan el pasado. Pero Franco y Carrero estaban equivocados. No todo estaba tan bien atado como ellos creyeron.