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Legislar la memoria histórica

Tumbas

LEONARD BEARD

Tumbas

Anna Pagès

Levantar la tierra que recubre la tragedia es una señal de la necesaria conversación siempre pendiente

La guerra civil constituye una experiencia traumática generacional. El trauma es una vivencia que no podemos elaborar por completo simbólicamente. No le podemos poner un solo nombre, no lo podemos entender o explicar correctamente. Queda enquistado como un callo en la piel, el reuma que molesta con la lluvia o la humedad, el clavo en la rótula que pincha cuando intentamos articular. La vivencia traumática no se va nunca y de vez en cuando rebrota bajo diversas sombras y espectros. Como en 'Hamlet', donde el rey asesinado entra y sale, aparece y desaparece de escena, condicionando la vida de todos los que giran en torno a la representación del representado. Es una herencia imposible.

Hannah Arendt citaba el poeta francés René Char con la expresión: "herencia sin testamento". Es exacto: para las memorias traumáticas no disponemos de manual de instrucciones. Son cosas del pasado, voces que nos llegan en forma de fantasmas que acosan el presente, sueños y quimeras. Aunque se preserve un secreto o se deje de hablar de un tema como la guerra, por el sufrimiento que despierta, la experiencia pasada no dicha se mantiene. Aquella cosa imposible de empalabrar se hace presente bajo la versión de lo prohibido, del tabú, de lo reprimido. Por eso es tan complicado incorporar en la cronología de las vivencias del presente los blancos, las pérdidas, las angustias de quien nos ha precedido. He aquí un asunto delicadísimo por quienes se ocupan del problema de la transmisión, los educadores, pero también para los gobernantes que, desde la política, intentan legalizar este complejo asunto, trabajarlo para resolverlo de una vez.

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Las leyes de memoria histórica tienen un objetivo fundamental: regular, desde la política, un protocolo más o menos general que compense a las víctimas de su sufrimiento. Pretende erigirse en testamento, manual de instrucción de ausencias. Termina siendo también una fórmula para el exorcismo de los muertos: una manera de dar sentido a su desaparición y olvido y a veces -como en el caso de los dictadores- una manera de enterrarlos definitivamente. Me ocupé de este problema en mi libro 'Sobre el olvido' (2012, Herder Editorial). Me preguntaba si la vivencia traumática va en una sola dirección, y no. Diría que olvido y memoria se entrelazan en el sentido del recubrimiento mutuo, la dialéctica y el enfrentamiento. A veces el relato del trauma histórico es en sí mismo una forma de no referir el mestizaje inédito de la vivencia, la narrativa singular que los muertos han dejado, sobreviviendo a la profundidad de la tumba en la memoria de los supervivientes y los vivos.

Legislar la memoria no deja de ser una loable modalidad del 'no hablemos más0 por el bien social. La consecuencia es la contraria: vuelven los espectros de lo que no ha sido tratado por la palabra, el imposible de legislar. Por ello abrir las tumbas, levantar la tierra que recubre la tragedia, al punto de reconocer, identificar o desplazar el cadáver de un ser querido u odiado es mucho más que una exhumación o una recuperación. Es una señal de las heridas siempre abiertas que nunca ninguna acción concreta podrá curar, y de la necesaria conversación siempre pendiente.