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Análisis

Un conductor rellena el depósito de su coche diésel.

REUTERS / ERIC GALLARD

Cambios de rumbo en las ciudades

Maria Rubert

Una reducción de emisiones, un 20% superior de lo que exige la UE, es una muy buena noticia para el futuro de nuestras ciudades

El cambio climático está obligando a introducir modificaciones sustanciales en la organización de las ciudades. No va a ser la primera vez. Los humos de las fabricas y sus efectos nocivos sobre la salud fueron el detonante para la transformación urbana en el siglo XIX. Con la revolución industrial, la concentración de fábricas y la masiva emigración, las ciudades se densificaron  y crecieron hasta limites insospechados. Así, se descubrió que la contaminación de las aguas y el 'smog', la niebla, que cubría Londres tenían consecuencias inmediatas sobre la salud de sus habitantes, hacinados en condiciones precarias. Surgieron nuevas teorías y propuestas de organización. 

La presión del coche sobre la ciudad no es solo una cuestión de la cantidad de espacio que ocupa o de los ruidos a que somete a la población residente en las calles por donde circula o su efecto directo sobre la  salud. El CO2 que emiten muchos vehículos contribuye a acelerar el cambio climático. Pero no solo se trata de pasar del coche diésel al vehículo eléctrico. Parece lógico que esa transición signifique también primar definitivamente los sistemas colectivos sobre los individuales. Tengo la impresión de que el único mecanismo que lo hará posible es que sean más rápidos y económicos.

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Relegado el coche a lo imprescindible, los sistemas de transporte colectivo no contaminantes podrán circular a toda velocidad y contribuir a ciudades mas cómodas, con más espacio y sobre todo más sanas. Hay que acostumbrarse. Además es menos aburrido. El uso de las furgonetas que reparten y que hacen posible la actividad en la ciudad es imprescindible actualmente, aunque se abren nuevas posibilidades con vehículos no contaminantes que no paran de sorprendernos.

Si en Barcelona el derribo de las murallas que tenían encorsetada la ciudad fue defendido de manera implacable por médicos higienistas a finales del siglo XIX, actualmente o en un futuro próximo, prohibir la circulación de coches parece lo propio en nuestras latitudes. Mientras tanto se podrían implantar peajes como sucede en Londres (16 euros al día cuesta circular por la capital británica), las ciudades medianas podrían incorporar sistemas de tranvías o autobuses rápidos y los municipios pequeños introducir sistemas ad hoc para iniciarse y disfrutar en el uso de transportes colectivos, actualmente prácticamente inexistentes. Las nuevas aplicaciones móviles, el 'car sharing' y todos los nuevos inventos sobre ruedas van a ayudar también en este proceso hacia una movilidad sostenible. 

La industria del automóvil lleva años investigando y apostando por sistemas menos contaminantes e invirtiendo en esfuerzos para mejorar el transporte en las ciudades. No se trata solo del coche eléctrico. El interés por el desarrollo de eficientes sistemas de transporte colectivo está sobre la mesa de los departamentos de I+D de las grandes empresas del automóvil. Una apuesta que hace años hubiera parecido utópica es hoy una realidad.