28 oct 2020

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ANÁLISIS

Luis Suárez celebra su tercer gol al Madrid.

El dulce e implacable Suárez

Albert Guasch

El clásico reconcilió al culé con algunos de los suyos de los que había dudado, empezando con el goleador uruguayo

Luis Suárez convirtió un nacimiento, el de su tercer hijo, en una fiesta y en un funeral. Dulce con su familia, a la que buscó en el mismo campo mientras el Camp Nou aullaba de felicidad, y a la vez implacable e inmisericorde con Julen Lopetegui, al que acabó de cavarle el hoyo. Hombre de contrastes el uruguayo, tan cuestionado hace escasos días y ahora de nuevo tan celebrado. Son esas veleidades del fútbol que no dejan de sorprender, por muy frecuentes que sean y por mucho que puedan desquiciar a sus protagonistas. Ahora arriba y ahora abajo. O al revés.

Suárez sobresalió y se convirtió en la estrella del clásico sin Messi ni Cristiano. Era el día para juzgar a los equipos en crudo, su rendimiento coral, sin los dos genios, y nos encontramos, mira por dónde, con un Barça-Madrid suntuoso. Y el uruguayo apareció para llevarse los parabienes. Siempre trabajó de forma incansable en todos los partidos, pero al delantero, ya se sabe, el reconocimiento le llega con los goles. "Orgullo de lo que somos como equipo", respondió al ser preguntado cómo se sentía.

Habló como un entrenador enfático, que es como pretendió mostrarse Lopetegui en la sala de prensa. Sin éxito, claro. Parece que hoy se ejecutará finalmente su despido en diferido. A partir de ahora, cuando se necesite explicar cómo de rápido puede pasarse de la luz a la oscuridad en el planeta del fútbol, podrá tomarse su caso como referencia. Lo suyo sí que ha sido un arriba y abajo vertiginoso.

Nunca se arrepentirá lo suficiente Lopetegui de haberle cogido el teléfono este verano a Florentino Pérez, el caprichoso en jefe. Es mérito de Suárez y todos los demás esta goleada, y es responsabilidad de Lopetegui y sus jugadores tanta ignominia. Pero es culpa también del presidente madridista, por sembrar la inseguridad en el vestuario madridista filtrando durante los últimos días el inminente finiquito. El enemigo está a menudo dentro.

Reconciliación colectiva

El clásico demostró que un partido consta de distintas capas y que la placidez de un rato se torna angustia después. El Barça sobrevivió a 15 minutos inquietantes de la segunda parte y pudo rematar un duelo vibrante en el que reconcilió al culé con muchos de los suyos. Para empezar, con Ernesto Valverde, fino en el planteamiento y en los cambios, como el otro día ante el Inter. Ni un silbido esta vez.

Valverde indicó que no hay castigo que dure más de un día para Dembélé y que no está dispuesto a echarle a perder, que aún cree en su potencial. Le correspondió el francés con la determinación que se espera de su explosivo juego. Se aguarda también un emoticono feliz de Arturo Vidal. Y luego está el caso de Jordi Alba. Un portento que sigue empeñado en ridiculizar a Luis Enrique. Con Suárez la reconciliación ya debe ser total. Por ahora.