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IDEAS

Mecano

No es serio este cementerio

Miqui Otero

La primera vez que probé el vino tuve la mala suerte de que me enfocaran las cámaras. Tenía ocho años. Sonaba Mecano. No en un pub, sino dentro de una iglesia. Fue, cabe aclararlo, durante mi primera comunión. 

Días antes, el responsable de grabar en vídeo la liturgia les había dicho a mis padres: "¡No voy a poner Mecano de banda sonora mientras recibe la primera hostia! [risas]". Pero la encajé: en el VHS, que aún conservo, contraigo el gesto sorbiendo del cáliz mientras de fondo suena No hay marcha enNueva York. Ahora soy ateo.

Siempre he sostenido que el devenir de Mecano grupo ha marcado el del país y no a la inversa

Mecano no los buscabas, sino que los encontrabas. De pequeño los asociaba a la muerte. Recuerdo a Jesús Hermida soltando una perorata sobre que Dalí no había fallecido aún mientras sonaba la canción sobre el pintor (la de la rima marionetas-tetas), para minutos después anunciar en exclusiva su deceso. Ya está, han sido ellos, pensé. Y más adelante, leí cómo Leopoldo María Panero defendía, por dadaísta, el verso "No hay marcha en Nueva York, y los jamones son de York". El desencanto.

Desde entonces he sostenido que el devenir del grupo ha marcado el del país y no a la inversa. Frivolidad de pop pizpireto, coca-cola para todos (en la España del café para todos) y vasos de plástico (que acabarían siendo de metadona para muchos) durante los primeros 80. Y luego Baladas Larousse, de las que te explican quién es Dalí o el Dalai Lama.

Para mí, los megalómanos pinitos en la ópera de José María Cano representan esa clase trabajadora (la mía) que compró tanto televisores tochos como la idea de que era media alta, y la imagen de Nacho Cano encaramándose a amplis y volando con arneses sobre el escenario me recuerda poderosamente al boom de la construcción (cocaína para todos). Mecano están en el desmesurado homenaje a Miguel Ángel Blanco (gente del PP dando palmas ante un Nacho convertido en Chimo) hasta la reivindicación posmoderna pre-15M, la financiación de su regreso mediante el BBVA o ahora, la reacción a la relectura de clásicos, de Lolita a Quédate en Madrid, desde perspectivas de género o de sesgo lingüístico. Y, por debajo de cada episodio, la verdadera divisa pasada, presente y futura de nuestra vida cultural, política y de nuestra vida, a secas: “No es serio este cementerio”.

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