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Al contrataque

Manifestantes del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) en Chemnitz. 

MARTIN DIVISEK (EFE)

Mierdas sin fronteras

Carles Francino

Me apunto a la resistencia que propone el presidente de Médicos Sin Fronteras: no dejar pasar por alto en nuestro entorno comentarios -o insinuaciones- racistas, ofensivos, calumniosos... Ni contra las personas ni contra las oenegés

-Hemos tenido bajas con la historia del 'Aquarius'?
-¿Cómo bajas, por qué…?
-Por haberlos traído aquí. Nos dicen que nos pagan para cuidarles en sus países, no en el nuestro.

David Noguera, presidente de Médicos Sin Fronteras (MSF), estaba apesadumbrado cuando me hizo esta confidencia el otro día al terminar una entrevista. Habíamos estado hablando con él y con una cooperante que acaba de regresar de Bangladés, donde MSF tiene desplegadas dos mil personas para socorrer a los refugiados rohinyás; y lo que nos contaron no podía ser más deprimente. Un año después de su brutal expulsión de Birmania, más de medio millón de personas –la inmensa mayoría, mujeres y niños- siguen abandonadas, con gravísimos problemas de salubridad, de acceso al agua potable y con una salud mental en muchos casos precaria.

Nada extraño para gente que relata historias de terror, incluido el asesinato de bebés, descuartizados y lanzados al fuego. MSF ha abierto una exposición en Madrid, que después rodará por otras ciudades, para que no nos olvidemos de lo que ocurre… en la otra punta del mundo. Pero lo que sugiere el lamento de David –y él mismo lo había insinuado ya durante la entrevista- es algo bastante más incómodo: preguntarnos si la moral, la decencia y los escrúpulos pueden subcontratarse a distancia. Porque es posible que alguna persona de las que se han dado de baja de MSF hubiera colaborado para ayudar a los pobres rohinyás, pero… ¡ay eso de traer migrantes a casa con su dinero! Eso ya es otra cosa.

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Tampoco creo que debamos escandalizanos más de la cuenta, sinceramente, porque sería hipócrita. En nuestro mundo -el primero- los perdedores, los desheredados, esos que nos impiden ignorar la puñetera injusticia, nunca ganarán un concurso de popularidad. Les podemos ayudar si están lejos, en sus campos de refugiados, en sus guerras o en sus hambrunas; pero si están cerca –no nos engañemos-, nos molestan.

Ese vídeo que proyectó un colegio concertado de Madrid donde se habla de los pobres como mediocres y miedosos y se les insta a adquirir costumbres de rico para triunfar en la vida, ese es un discurso que ha ido calando: el del éxito a toda costa y del dinero como símbolo único de ese éxito. Ahí está una de las claves para entender la marea ultra que avanza por toda Europa. Así que yo me apunto a la resistencia que proponía el presidente de Médicos Sin Fronteras: no dejar pasar por alto en nuestro entorno comentarios –o insinuaciones- racistas, ofensivos, calumniosos… Ni contra las personas ni contra las oenegés. Además, para definir a sus autores no hace falta ni cambiar las siglas. MSF: mierdas sin fronteras.