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Análisis

La situación económica: ay, ay, ay

KAI PFAFFENBACH (REUTERS)

La situación económica: ay, ay, ay

Guillem López Casasnovas

Se puede constatar sin rodeos que las respuestas que se dieron a la crisis pasada fueron improvisadas y fuera de toda ortodoxia

'The Economist' llevaba hace una semana un dosier completo de análisis de la próxima crisis. Vete a saber si ya la tenemos cerca, como tsunami o está a punto de convertirse en una simple borrasca. Lo de las adivinanzas es un género que quien suscribe no suele abordar. Pero de la lectura, son relevantes algunos hechos:

Primero. Se puede constatar sin rodeos que las respuestas que se dieron a la crisis pasada fueron improvisadas y fuera de toda ortodoxia; no por no estar hecha esta crisis de reglas doctrinarias, sino por carecer de sentido común: ahorros en depósitos no retribuidos, tipos de interés reales de vez en cuando negativos, entidades que salvan resultados con atípicos, vuelta al crédito al consumo, comisiones poco justificables, mantenimiento de un déficit público estructural pese a la mejora de la economía, montañas de liquidez perdidas buscando nuevos engranajes financieros. Nada muy sensato al 'oikos nomeia' del sentido lógico de las cosas.

Salvar el euro

Por un lado, afirmar que «se hará lo que haga falta» como dijo Draghi para salvar el euro, ha obviado las reformas que Europa efectivamente necesita para preservar de verdad su moneda: ligar la política fiscal y construir instituciones realmente federales. Estamos donde ya estábamos. Aquella frase y este olvido muestran un poder y una potencia que no se corresponde con la realidad de lo que permite el conocimiento de la economía como ciencia lúgubre, humilde.

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Por otro lado, los personajes clave de nuestra crisis, excepto los que cometieron de forma clara e inequívoca fraude fiscal y fueron pillados, salvan su día a día, a pesar de aparecer, de vez en cuando, en las portadas por su paso por los tribunales. Como quienes fueron testigos de lo ocurrido ya no están, es más fácil embadurnar las razones ( "que aquel ya lo sabía", "que otro lo avalaba"): ¡ve ahora a buscar pruebas desde las ambigüedades bien vestidas por los abogados! Y mañana será otro día.

Segundo, los estragos de las cosas hechas a trompicones emergen. Había que comprar deuda para inyectar liquidez. Terminada la deuda pública, se entró en la compra de deuda privada. ¡Ay! Aquellos que eran guardianes de la competencia la falseaban inflando la demanda de la deuda que emitían algunas empresas y así abarataban su coste financiero en detrimento del de otros competidores. Y debían ser españolas las empresas beneficiadas (ay, ay, con la patria para aquellos que se llaman 'globales'), aunque quien sabe de quién son las empresas cuando es un hecho que el capital no tiene patria.

Con nocturnidad y sin dar explicaciones

Todo esto hecho con nocturnidad y sin dar explicaciones, sin transparencia. Las pérdidas observadas en algunas de estas empresas hoy nos hacen pensar a muchos lo peor sobre cómo ha afectado todo esto a los balances de los bancos centrales (del BCE a estas alturas). ¡Ay cómo sufren los alemanes! No sé qué pasará en el futuro, pero sí me parece bastante evidente para los que nos ha tocado vivir de cerca los vaivenes de la economía que:

Uno. Los banqueros no han aprendido toda la lección, se han saltado las partes más difíciles por dolorosas e igualmente han pasado de curso (¿suerte en los exámenes?). Dos. Los reguladores han suspendido, pero muchos ya no están. Sus cargos eran efímeros. Tres. Los empresarios más listos han hecho caja con la depresión salarial que la crisis ha aportado: ¡matrícula! Y cuatro. La ciudadanía lo aguanta como puede, desorientada políticamente y solo tiene un ay en el corazón cuando escucha los tambores de los que anuncian catástrofes.