Ir a contenido

ANÁLISIS

Reencuentro de Suárez, Neymar y Messi en Barcelona, un tridente que explotó con Luis Enrique.

Las tácticas salvan o condenan

Antonio Bigatà

Me parece muy interesante el debate abierto sobre el modelo de juego de la selección española. Tiene muchas coincidencias con el que ya provocó Luis Enrique en el banquillo del Barça, cuando buscaba un punto medio entre el 'tiki-taka' guardiolista, con preponderancia del centrocampismo controlador de todo lo que hacía el equipo, y el fútbol algo más vertical que posibilitaba la existencia conjunta de Neymar, Suárez y Messi, aquel tridente demoledor que sabía salir al contraataque  con una brillantez y velocidad inigualables.

En el fondo esa discusión también tiene mucho que ver con los tanteos tácticos que hace actualmente Valverde. Al comprobar la altísima eficacia de Arthur -que ya empieza a ser  titular en la selección brasileña- en unas funciones no idénticas pero si parecidas a las que desempeñaban Xavi e Iniesta el técnico barcelonista ha empezado a replantear cosas.

Messi, Coutinho, Arthur

La primera, el papel de Coutinho dentro del equilibro del Barça. La segunda, aflojar la voluntad de conseguir instalar a Dembélé en el once esencial. La tercera, repensar las formas de la necesaria colaboración en tareas defensivas y en la presión al contrario de los futbolistas de ataque. Jugar con Arthur incluso obliga a Messi a resituarse posicionalmente sobre el campo más veces por partido en función de las diferentes fases de los enfrentamientos. Pero prescindir de Arthur podría equivaler a retroceder al momento en que el equipo era menos eficiente.

En la selección española hay cosas distintas. Ahí la vocación de los contragolpes acelerados está bien, pero a Luis Enrique le rinde mucho menos cuando no dispone ni de Neymar, ni de Suárez, ni de Messi. Eso empeora si encima todo se apoya demasiado en Marco Asensio, prometedor pero irregular, todavía inmaduro quizá por los elogios demasiado prematuros y excesivos que le malcrían respecto a la tenacidad en el esfuerzo. En la derrota ante Inglaterra dos jóvenes británicos similares, Rashford y Sterling, corrieron más, defendieron con más intensidad y atacaron con el doble que él.

Protesta de Sergio Ramos al árbitro del España-Inglaterra / JORGE GUERRERO (AFP)

El preparador español dispone de buenos jugadores pero se está haciendo un lío. Aquella selección que se hizo famosa por su falso nueve esta semana llegó a incluir hasta cuatro arietes (Aspas, Rodrigo, Alcácer Morata) pero sin un esquema que los reuniese e integrase y sin resultados. Alcácer marcó pero no hizo absolutamente nada más. El otro tanto fue de Sergio Ramos, descolocado todo el encuentro y más decisivo por los tres goles encajados a los que tanto contribuyó que por su aportación desordenando el ataque con aquella vieja furia del nacional-fubolismo que nunca nos llevó a nada.

Si insisto con Ramos no es porque no me gusta nada y porque carezca de deportividad; coge sistemáticamente por la camiseta a los rivales, pega, intimida conscientemente, aunque parezca que juega bien al fútbol. Le señalo porque me parece que es la prueba del nueve de la cobardía que limita tanto el trabajo de Luis Enrique. Ramos tenía que haber sido otro saliente definitivo del equipo en la renovación de la selección. La perjudica seriamente por la animadversión internacional que se ha ganado que se expresa en  contra suya en todos los estadios que visita.

El odio de los periodistas blancos

Pero como Luis Enrique tenía mala prensa en Madrid tras su paso por el Barça eligió a este jugador fetiche del club de Florentino para intentar congraciarse con ella dejándole ser el mandón en el vestuario. Pero los periodistas blancos le odian y en cuanto ha llegado una derrota merecida han cargado contra sus errores, le atribuyen los suyos y otros, y preguntan públicamente por sus incongruencias, como el rencoroso olvido de Jordi Alba pese a que el equipo lo necesita.

Entrenamiento de la selección de Luis Enrique en Cardiff / ASHLEY CROWDEN (EFE)

Pero, atención, el seleccionador vive también problemas que no son culpa suya, como la ausencia de Piqué y Silva o el flojo inicio de temporada de Sergio Busquets. Pero si que le son atribuibles los suyos: no saber resolver las deficiencias de algunos hombres, la tonta insistencia de mantener a los centrales del Madrid cuando ahora ni Ramos ni Nacho son idóneos, y manejar con torpeza el cambio de juego y los retoque tácticos. Tal vez aprenda o tal vez dure poco. En cualquier caso es casi seguro que su nombramiento fue temerario: le faltan virtudes humanas necesarias para su cargo.