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La agenda de los partidos

Una sesión del pleno del Congreso.

Mariscal (EFE)

Política a ritmo de fútbol

Francisco Longo

El debate fluye como una sucesión sincopada de temas que se disputan por un tiempo limitado la atención del ciudadano

La política y el fútbol se parecen cada día más. No solo en la apoteosis de las identidades y los símbolos, el desparrame de las emociones, la vivencia de la realidad como competición o la defensa acrítica de cuanto favorece a los nuestros. Se parecen también en la peculiar relación que uno y otra establecen con el tiempo.

Como sabe todo aficionado, el fútbol carece de memoria. El ritmo de la competición nos hace vivir en un 'hoy' permanente. ¿Qué queda de la derrota humillante del sábado si el miércoles ganamos en campo contrario, o viceversa? Se conmemora ritualmente el pasado, pero sin perder un minuto en analizarlo y menos en extraer de él enseñanza alguna. Elucubramos sobre el futuro, pero siempre como proyección exaltada o derrotista de lo que está sucediendo o acaba de ocurrir: de una semana a otra, un equipo desastroso deviene extraordinario y sus posibilidades de éxito pasan de remotas a incuestionables. Una buena jugada convierte a un jugador en deportista genial, disparando incluso su cotización de mercado, pero falla un par de ocasiones y su reputación se desploma solo unos días después.

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Transformada en espectáculo y transmitida en tiempo real por medios y redes, la política ha adquirido los tiempos del futbol. El debate político fluye como una sucesión sincopada de temas que se disputan por un tiempo limitado la atención del ciudadano. Los asuntos -la exhumación del dictador, los lazos en las calles, el impuesto a los ricos o las amistades peligrosas de la ministra- se van sucediendo, solapando y sustituyendo en la escena. La disputa entre actores políticos se centra en “controlar la agenda”, imponiendo las cuestiones que capturan la atención y dan ventaja, y tapando a toda costa las que favorecen al adversario. Hay que ir colocando los temas que interesan (meter goles), evitar que el contrario introduzca los suyos (activar la defensa), dosificar y estirar los que favorecen (golear es mejor que ganar por la mínima), o contrarrestar los del otro (correr al contraataque). En esta competencia por la atención de la ciudadanía, se trata de ganar una confrontación tras otra, de ir partido a partido, que diría un entrenador famoso.

Cuando la atención se centra en la notoriedad, lo importante
se queda
fuera de foco

Y todo apunta a que los ciudadanos nos hemos adherido a esta aceleración competitiva de la política. Una afortunada jugada parlamentaria sirvió para cambiar de lado en pocos días –dicen las encuestas- millones de votos e hizo que una fuerza política hundida y a la baja se pusiera a liderar la carrera electoral. Tan emocionante como el mejor futbol. Claro que esta volatilidad futbolera puede quitar lo que da, con similar facilidad y rapidez.

Y lo peor no es eso. El mayor problema es que, cuando la disputa política se centra en la notoriedad, las cosas más importantes se quedan fuera de foco. No parece que los grandes torneos que jugamos como sociedad puedan ganarse instalándonos en un eterno presente y jugando a este ritmo. Exigen una deliberación más pausada y profunda. Obligan a aprender del pasado y explorar seriamente nuestras capacidades y déficits. Nos piden una política menos pendiente de marcarle goles al rival y más preocupada por ganar el futuro de todos.

Temas: Fútbol

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