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Migrantes menores

La sala de espera de Ciutat Vella este miércoles también ha acogido a dos menores subsaharianos, de Ghana y de Gambia.  

FERRAN NADEU

Ponga un 'mena' en su vida

Josep-Francesc Valls

En la era de la globalización, los migrantes son una riqueza que hay que administrar, incluso en momentos de depresión económica o de la era prerrobótica

A pocos metros del lugar donde estaba este verano, en la costa sur de Catalunya, se había instalado un centro de acogida de menores no acompañados, 'mena'. Un viejo motel adecentado ha sido alquilado por la Fundación Diagrama con el objetivo de que los chicos recién llegados en las pateras o a través de cualquier otra vía adquieran "vida autónoma". Un grupo de monitores -uno por cada cinco chicos- les enseñan el idioma, la formación reglada, las habilidades y los conocimientos del entorno. Tan pronto como lleguen a la edad adulta, pasarán a casas de acogida, o si la madurez les avala, al mercado laboral y a la vida cotidiana como cualquier joven nativo, o adonde Dios quiera.

La mayoría de la población española se alegró del gesto del nuevo Gobierno abriendo, el pasado mes de junio, el puerto de València a los desamparados del 'Aquarius' que vagaban por el Mediterráneo. Los sureños se lanzan desesperadamente al mar en busca de un recorrido vital que pocas veces llega. Fue una bocanada de solidaridad, de respiro de la tanta mala conciencia de país 'rico', frente al oscuro y vergonzante trato a los emigrantes que llegan a las costas europeas en los últimos años.

Recibirlos o expulsarlos

¿Recibirlos o expulsarlos? Hay partidos inflexibles que afirman con crudeza que aquí no se cabe, que los trabajos son para los nativos; sus instrumentos son las concertinas y la agresividad. Otros, con visión de la vieja Europa, tierra de acogida, optan por gestionar los migrantes; si los reclamamos cuando necesitamos mano de obra en épocas de bonanza, dicen, no podemos cerrarles a cal y canto los puertos y las fronteras ahora. Sea cual sea la sensibilidad, plantear África como un problema interno comunitario permitiría empezar a resolver entre todas las migraciones. Por descontado, que esta posición resultará más efectiva que gastar el dinero en campos de confinamiento en el exterior de la UE o mirar hacia otro lado mientras muchos se ahogan a escasos metros de la costa.

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La otra cara de la moneda es la vida cotidiana. Tan pronto como se abrió el centro para 'menas', empezaron a aparecer movimientos contrarios a su instalación. Que si sus pobladores se escaparán y asaltarán las casas, que por qué en un lugar de veraneo no se hacía en otro lugar más céntrico, que si las instalaciones elegidas no son las adecuadas.... ¿Por qué en el momento de la verdad aparecen estas actitudes de rechazo? En la era de la globalización, los migrantes son una riqueza que hay que administrar adecuadamente, incluso en momentos de depresión económica o de la era prerrobótica. Claro que su llegada resulta traumática y acarrea numerosos problemas, muchos de ellos insuperables. Pero, ¿cuánto cuesta un centro para 'menas' a cambio de la utilidad futura de su juventud, de los niños que vendrán en cantidad, de la fortaleza de aceptar cualquier trabajo que nadie desea desempeñar, de las cuotas que pagarán a las Seguridad Social, de los impuestos que abonarán directa o indirectamente…?  

O se mira a corto plazo o se hace a largo plazo. Cada cual elige lo que le conviene, mal traduciendo lo de 'homo homini lupus' de Plauto, popularizado por Hobbes.