19 feb 2020

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ANÁLISIS

François Legault celebra la victoria del CAQ en Quebec.

Reuters

Quebec y la profecía Dion

Albert Branchadell

La casualidad ha querido que la visita de Pedro Sánchez a Canadá haya coincidido con las elecciones celebradas en la provincia de Quebec. Sánchez dijo que Quebec "es un ejemplo de que desde la política se pueden encontrar soluciones a una crisis secesionista". Días después, el otrora poderoso Partido Quebequés –artífice de las consultas secesionistas de 1980 y 1995– obtuvo el peor resultado electoral de su historia: 9 de 125 escaños con un 17 por ciento de los votos. Es verdad que el PQ no era el único partido independentista que acudía a las elecciones. Québec Solidaire obtuvo 10 escaños con un 16 por ciento de votos. Pero el millón trescientos mil votos de ambos partidos está muy lejos de los 2,5 millones sumados obtenidos por los federalistas de Coalition Avenir Québec (mayoría absoluta) y el Partido Liberal.

El ejemplo quebequés muestra que el secesionismo, como los gases, se expande (el PQ gozó de sólidas mayorías absolutas en las últimas décadas del siglo XX) pero también se contrae (en 2014 ya se dio un primer batacazo al perder 24 escaños de golpe). He aquí una lección para otros contextos parecidos: la creencia de que el secesionismo está llamado inexorablemente a expandirse no tiene mucho fundamento empírico. (Otro caso ejemplar es Escocia, donde en las legislativas de 2017 el SNP pasó de 59 esacaños con el 50 por ciento de votos a 35 con un 37 por ciento).

La difícil secesión

Pero más allá de las posibles comparaciones con casos parecidos, el fracaso del independentismo quebequés –dos referendos perdidos y ahora el hundimiento electoral– nos retrotrae a una suerte de predicción que formuló Stéphane Dion en 1996. El politólogo canadiense publicó un célebre artículo en el que se preguntaba por qué la secesión es tan difícil en democracias consolidadas ('well-established' en inglés). Sin duda, hasta ahora los movimientos secesionistas no han conseguido nunca quebrar una democracia consolidada a través de un referéndum o una victoria electoral. ¿Por qué? Dion sugirió que los movimientos secesionistas se basan en dos percepciones: el miedo inspirado por la unión –la sensación de que la unión deteriora la situación politica, económica o cultural de un grupo regional– y la confianza inspirada por la secesión. Y afirmó que las secesiones son improbables porque esas dos percepciones no suelen darse al mismo tiempo con un alto nivel de intensidad.

El fracaso del sececionismo escocés en 2014 puede explicarse con estos parámetros: la unión con el Reino Unido podía constituir una amenaza para Escocia pero la secesión se percibió como demasiado arriesgada por amplios sectores de la población. El caso catalán podría responder al mismo patrón. Con los lamentables porrazos de hace un año España dio miedo en un sentido literal. Pero parece que la secesión no inspira la suficiente confianza más allá del perímetro de los 2 millones de convencidos. Y viendo por donde anda el liderazgo independentista estos días, no parece que su prioridad sea precisamente sembrar más confianza.