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Jordi Tardà.

FERRAN SENDRA

Recordando a Tardà

Ramón de España

El 17 de octubre empezará la subasta online de objetos pertenecientes a la colección de mi difunto compañero de fatigas rockeras Jordi Tardà. Ha sido entrar en la web de Setdart y volver a ver a Tardà en nuestros años mozos, cuando ambos escribíamos para la prensa alternativa. Luego, el hombre trabajó para Gay Mercader y hasta llegó a montar un Museo del Rock en el centro comercial que ocupó el espacio de la plaza de toros de Las Arenas, aunque no tuvo precisamente una larga vida. A lo largo de su breve existencia, Tardà se dedicó a coleccionar todo tipo de cosas relacionadas con el rock en general y con su grupo favorito en particular, los Rolling Stones, con los que llegó a establecer un trato personal a base de sus actuaciones en España. Era tal su pasión por el grupo de Mick Jagger que cuando quería decir que algo iba a misa, sentenciaba paraula de Stone, que se convirtió en su latiguillo predilecto.

La pasión de Tardà por el rock nunca se tradujo en intentar mimetizar a sus ídolos o incurrir en sus adicciones

La pasión de Tardà por el rock nunca se tradujo en intentar mimetizarse con sus ídolos o incurrir en sus adicciones. A finales de los 70, casi todos los plumillas del rock íbamos más o menos disfrazados: Ignacio Julià, con su chupa y sus gafas de sol, reproducía el look de su admirado Lou Reed, del que no se desprendía jamás (cosa que lo llevaba a pelarse de frío en invierno y a sudar como un turista en verano); el gran Oriol Llopis aprovechó cierto parecido con Keith Richards para convertirse prácticamente en su doble; y hasta yo acabé imitando el estilo de Elvis Costello -chaqueta, corbata, tejanos y bambas- porque era el único que me podía permitir sin que las risas se escucharan en Pernambuco. Tardà, por el contrario, siempre fue un hombre de pantalón de pinzas y polo Lacoste que, gracias al complemento de un bigote, podía pasar por el jefe de una sucursal de La Caixa en su Mataró natal: nunca vio la necesidad de llamar la atención o dar la nota, y yo creo que es el tipo más discreto con el que me crucé allá en el pleistoceno. Por supuesto, ni bebía más de la cuenta (como yo) ni disfrutaba de ciertas sustancias ilegales (como Llopis, hoy felizmente retirado en un pueblo cerca de Sevilla. ¡Un abrazo, Oriol!).

Pese a ello, la enfermedad se cebó con él muy pronto. Me contó Gay que un día fue a verle al hospital y se llevó a Keith Richards, consiguiendo que la salud del amigo Tardà mejorara durante unos días. Le creí, claro.