Opinión | Competición y formación
Jordi Segura Bernal
Jóvenes deportistas estresados
Muchos padres se 'proyectan' en los hijos y nada hay peor que esta actitud para educarlos

Imagen durante un partido de fútbol sala en el Baix Llobregat / Albert Bertran
Dos estudios publicados en los EEUU afirman que el deporte de alta intensidad en menores aumenta el estrés infantil. Desde la mirada clínica, el estrés es algo doloroso, relacionado con las emociones negativas, sinónimo de ansiedad o "nervios". También se entiende como una respuesta adaptativa a situaciones de alta exigencia; una "activación positiva" que ayuda a mejorar. Según la persona, una misma demanda externa se percibe como un reto positivo que ayuda, o como una amenaza que derrumba, hace abandonar o, peor aún, enfermar.
El estrés es capital en psicología del deporte. Bien gestionado, hace que el deportista consiga buenos resultados. El alto rendimiento está sometido a muchas presiones y debe superar retos a diario. Pero quiero referirme hoy a los errores del sistema social que provocan estrés negativo, sobre todo en la etapa formativa. Paseando por los campos de deporte vemos a padres, madres y entrenadores excitados, que regañan a los niños por errar un chute, o insultar a los niños del equipo contrario, como si fueran los enemigos de la familia. Otros tienen la mente lúcida y motivan bien a los chicos.
En la vida hay momentos para todo: una edad para disfrutar y otras para aprender a competir, a esforzarse o a saber ganar y perder. Los jóvenes también aprenden a activarse y a afrontar las frustraciones. En ninguna actividad como el deporte se pierde tantas veces... ni hay tantas oportunidades para volver a intentarlo. Los adultos son responsables de enseñarles a reconocer las propias potencialidades y limitaciones; y a automotivarse: es la capacidad de autodeterminación. Muchos padres se 'proyectan' en los hijos: atribuyen a los demás las propias ilusiones o carencias. Nada peor para educar a los niños: ellos deben encontrar y seguir su propio camino.
En EEUU fue famoso el caso de Maddy Hollis. Traté de cerca amigos de esta chica de 19 años, excelente estudiante y campeona de atletismo de la University of Pennsylvania. El año pasado la periodista Kate Fagan le dedicó un libro ('What Made Maddy Run: The Secret Struggles and Tragic Death of an All-American Teen'). Un buen día Maddy se lanzó desde un rascacielos y explicó su sufrimiento a sus padres en una carta. No pudo aguantar las presiones de un sistema que solo exige sacar buenas notas, conseguir una beca, ser campeona y la nº 1 en USA. No les acusó; solo les rogó que explicaran su caso a la prensa para que otras familias no cayeran en la misma trampa: dejarse arrastrar por un sistema social perverso. Le hicieron caso.
Pero muchos medios retomaron otra vez el caso desde la mirada clínica, preguntándose: ¿cómo es que Maddy sufría una depresión y nadie se dio cuenta? Sin embargo, las preguntas deberían ser: ¿por qué muchos jóvenes, a pesar de hacer deporte, deambulan perdidos y sin sentido? ¿Cómo los educamos, especialmente en el deporte? ¿Qué esperamos de ellos?
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