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Más que una película, una experiencia

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Nicolas Cage, en un fotograma de ’Mandy’

Nicolas Cage, en un fotograma de ’Mandy’

"Más que una película, es una experiencia". En poco tiempo, varias personas (todas ellas de fiar) me han recomendado así una película. Y, aunque es obvio que no es una expresión nueva, tengo la sensación de que se ha puesto un poco de moda. Bueno, no solo la sensación: cada dos por tres se cuela una película-experiencia en mi timeline de Twitter. Las últimas han sido Suspiria (2018) de Luca GuadagninoClimax (2018) de Gaspar Noé y Mandy (2018) de Panos Cosmatos, tres de los títulos más esperados de la inminente edición del festival de Sitges.

¿Por qué las películas no pueden ser películas y ya está? ¿No es suficiente? ¿Por qué tienen que ser también experiencias? ¿Que sean experiencias quiere decir que son más que películas?

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Muchos de los afortunados que han podido verlas coinciden en una cosa: que las tres películas van más allá, que más que películas son experiencias. Es posible que la película- experiencia sea la nueva zona de confort, otra de esas expresiones que por alguna razón se ponen de moda y acabamos detestando. Sin embargo, no puedo evitar que me parezca significativo que se reactive en el 2018. ¿Por qué las películas no pueden ser películas y ya está? ¿No es suficiente? ¿Por qué tienen que ser también experiencias? ¿Que sean experiencias quiere decir que son más que películas?

Supongo que no hay que tomárselo tan en serio, que simplemente es una expresión entusiasta. Pero que se ponga de moda ahora parece consecuencia directa de los tiempos, parece tener que ver con nuestros nuevos hábitos como espectadores y el (fascinante pero a la vez complejo) proceso de adaptación a una nueva forma de consumir audiovisual. Seguro que estoy sobreinterpretando algo anecdótico, pero detecto dos cosas en esa expresión entrañable. Una, cierto miedo -absurdo pero muy razonable- a que nuestra facilidad para acceder a las películas nos haga relativizarlas, nos lleve a despojarlas sin querer de una parte su valor. De ahí lo de sumarles una nueva dimensión, la de la vivencia, que las haga únicas y las distinga del resto. La otra cosa que me sugiere lo de la película-experiencia es la nostalgia, la temida nostalgia, esa cosa que muchos detestamos pero que en realidad amamos en secreto. ¿No hay en esa expresión una invitación a la pantalla grande, la sala a tope y la catarsis y el culto colectivos?