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Pequeño observatorio

Tiempos de radio

Tiempos de radio

Josep Maria Espinàs

Hubo un época en las que las muchachas de servicio doméstico transmitían las canciones de más éxito en las ondas

Este verano que ya hemos dejado atrás me lo he pasado en casa. Y he podido comprobar eso que llamamos "cosas de la vida". El verano infantil, el adolescente, el de la madurez y el de la vejez.

Recordaré, ahora, solo aquel tiempo en el que era habitual que las criadas de servicio, en el Eixample de Barcelona, ​​cantasen mientras extendían la ropa. Era el tiempo en el que las radios transmitían canciones que se habían hecho populares. Siempre me ha gustado cantar y que la gente cante. Y estas muchachas que cantaban en los patios de las casas eran transmisoras de los éxitos más populares de las radios.

Un rato de libertad

Cantaban más o menos bien, pero con una alegría vital. O tal vez no tenían conciencia de que estaban cantando. Quizá era una forma de respirar un rato de libertad. No había una señora que diera órdenes. La ropa que se colgaba a secar obedecía sin problemas.

Me parece magnífico cantar sin obligaciones, y sin la pretensión de hacerlo bien. Me atrevería a decir que aquellas chicas que cantaban en los patios de las casas no sabían que estaban cantando. Me gusta que el instinto de la libertad sea más natural que el deber de la perfección.

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Ya hace tiempo que no oigo a nadie cantando en el patio de mi escalera. Antes de la guerra de 1936 había una publicidad cantada y mi mujer todavía recuerda una canción publicitaria que hacía el elogio de la Camisería París. Letra y música.

Naturalmente, la publicidad actual no tiene nada que ver con la de aquellos tiempos. Pero hay unos testigos sorprendentes de otros tiempos. Hoy nos parece increíble este anuncio que se publicó hace tiempo en el Teatre Tívoli: "Teatro sin humedades ni relente".

Hablar del pasado con el necesario rigor no suele ser fácil. Es evidente que el paso del tiempo multiplica los puntos de vista y las posibilidades de cometer errores. Pero sería injusto no admitir que hay errores aparentes y admitidos que un día aparecen como una inesperada fuerza positiva.