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Dos miradas

Dudo que haya ninguna celebración colectiva de una fiesta nacional que provoque la salida a la calle de individuos tan estrambóticos

Es innegable que en una concentración tan grande de gente como la que hubo el martes hay una gran cantidad de tipos y circunstancias que cualquier mente un poco cultivada calificaría como insólitos, extravagantes y raros. Dudo que haya ninguna celebración colectiva de una fiesta nacional que provoque la salida a la calle de individuos tan estrambóticos. Hay de todo, claro, y la gran mayoría responde a un perfil convencional, lúdico, con el afán de "ser contados", que es lo que oí decir a un par de señores mayores que se sentaban en una terraza. "Venimos para que nos cuenten". La acumulación de personas con una idea que las congrega es una fuerza política contundente y también una manera de formar parte de un magma en el que cada uno aporta el capital inicial más primario: estar allí. Ser una parte minúscula para convertirse en un todo armónico.

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Pero luego están las individualidades. Entre los que quieren ser contados están los que tienen el afán de destacar o que aprovechan la multitud para demostrar su singularidad. La señora que se ha hecho un traje con la estelada; el señor que se disfraza de superhéroe; el que exhibe una colección de chapas en la solapa de la cazadora; la chica que pasea al perro con pañuelo independentista; el punk que lleva una camiseta con el mítico "No future" en la espalda y, en el pecho, una proclama por la República. He visto todo esto y más cosas que no creeríais. Es lo que tiene salir a la calle y observar.

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