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Fuerza e ingenuidad política

Forcadell, un retrato

Sílvia Cóppulo

Lo único que quiero es que salga, y ya está", me dice el marido, que demasiado se sabe de memoria el camino de casa a la cárcel de El Catllar

"Todo el mundo espera que les diga que Carme está bien, pero no lo está, está encerrada".  Bernat Pegueroles, el marido de Carme Forcadell, es un hombre cabal. Me mira. Siento su esfuerzo para mantener la fuerza de espíritu. Habla despacio. Se le adivina que piensa cada palabra para no perjudicarla judicialmente. "No me atrevo a pensar en qué momento todo esto acabará. Carme nunca imaginó que pudiera ir a la cárcel, no. Están tan indefensos y es todo tan arbitrario. (Los políticos presos y los del extranjero) son rehenes para poder liquidar a todas las cabezas visibles del 'procés'. Ahora se siente culpable de hacer difícil la vida de las personas que ama; su madre tiene 90 años.

Resuenan las palabras de Carme, que aquí mismo, en Catalunya Ràdio, en su 'Diván', me decía hace ahora cinco años: "Ni desfallecer, ni caer en provocaciones. Lo demás ya llegará. Este tiempo no será fácil. Ya sé que al día siguiente de proclamar la independencia tendremos que negociar. Ni cerramos ni separamos nada ni a nadie. El pueblo español es tan digno como el catalán; queremos continuar siendo amigos y hermanos. Pero, por incierto que sea el futuro, seguro que será mejor".

Escuchándola ahora, veo su fuerza y a la vez ese punto de ingenuidad política. Cuando Mariano Rajoy anunciaba que estaba dispuesto a TODO para preservar la unidad de España, no imaginaban que incluía cárcel y represión sin juicio previo.

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"No le brillan los ojos como antes, pero está serena, tranquila y tiene claridad de ideas". Ella está en la cárcel y nosotros no, porque ella presidió la Assemblea Nacional de Catalunya (ANC). El juez instructor establece una especie de triángulo maléfico y criminal, integrado por las entidades soberanistas, el Parlament y el Govern", analiza su compañera política Anna Simó.

"No me atrevo a preguntarle si no debemos desfallecer. Lo único que quiero es que salga, y ya está", me dice el marido. "Pues no sé qué en encontré en aquella chica de 18 años cuando me casé. Nos debimos de gustar". Finalmente, Bernat sonríe. Tardará en marcharse. Demasiado de memoria se sabe el camino de casa a la cárcel de El Catllar. 

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