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IDEAS

Julio Medem, durante el rodaje de El árbol de la sangre. 

Oda accidental a Medem

Desirée De Fez

Tengo ganas de ver ‘El árbol de la sangre’, lo nuevo de Julio Medem. Tengo ganas de verla porque, aunque hace tiempo que no conecto con sus películas (y algunas me parecen muy flojas), es un director extraordinario. Hace poco volví a ver ‘Vacas' (1992), ‘La ardilla roja’ (1993), ‘Tierra’ (1996) y ‘Los amantes del Círculo Polar’ (1998), las cuatro películas suyas de las que tenía mejor recuerdo y que, de algún modo, sabía que habían sido importantes para mí en su momento. No eran exactamente cómo las recordaba. Unas me gustaron menos de lo que, entiendo, debieron gustarme al verlas por primera vez. Otras, en cambio, me parecieron inmensas, mucho más de lo que sospechaba. Pero, me decepcionaran o todo lo contrario, todas me sorprendieron... como también me sorprendió comprobar lo mucho que Medem sigue inspirando a otros directores y lo poco que se dice.

Las cuatro películas me parecieron inmensas. Son libres, son personales, son originales, son modernas (y yo que pensaba que habían envejecido mal...), son imprevisibles, son osadas, son hasta suicidas. Están vivas y, por ello, aciertan y se equivocan, tocan lo brillante y lo ridículo, se retuercen y a veces se rompen. En definitiva, son todo lo contrario a un cine rutinario y vulgar. Y son todo lo contrario a tanto cine rutinario y vulgar que, por correcto y bien ejecutado, pasa por mucho mejor de lo que es. Es evidente que hay excepciones (pocas), pero echo de menos voces así en el cine español actual.

Cuando pensé en hacer esta columna, la idea inicial no era escribir una oda a Julio Medem. Primero, porque se defiende solo. Segundo, porque no todo su cine me gusta y sé lo dura que he sido en mis críticas con sus últimas películas (sobre las que, por otro lado, no he cambiado de opinión). La idea era poner en evidencia esa tendencia tan injusta –y que, no nos engañemos, denota soberbia y a veces ignorancia– a juzgar a los cineastas solo por sus últimas películas, a olvidar lo importantes que fueron (y siguen siendo), a perdonarles la vida con sarcasmo y a recibir sus nuevos trabajos con desconfianza. Esa era la idea inicial. Pero me ha salido una oda a Julio Medem y me alegro.

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