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Símbolos y tradiciones

No tengo nada en contra del lazo amarillo como símbolo. Si digo que no me gusta es porque pertenezco a un gremio donde es un color maldito, gafe

Es una suerte estrenar el mes de septiembre en fin de semana. El aterrizaje es, así, como un planear cómodo, un dejarse caer despacio, con dos días más de pista por delante. Ya llegará el lunes y bramará de nuevo el motor de arranque. Digo 'bramar' y no exagero. El otoño se anuncia caliente. Y ruidoso. Quien más, quien menos, ha estado cebando motores todo el verano y se encuentra ahora impaciente en la parrilla de salida, las fauces abiertas, los dientes afilados, la lengua suelta y dispuesta. “¡Al ataque!”, parece ser la consigna ya difundida. Atacar es, lo confieso, una palabra que no me gusta. Huele a pólvora. Y anima a pasar del dicho al hecho, sin detenerse en los matices. Que los hay.

Maticemos, pues: tampoco me gusta el amarillo. Cuidado. Digo que no me gusta el color amarillo. No tengo nada en contra del lazo amarillo como símbolo. No confundamos. El lazo amarillo en la solapa habla en voz alta, abierta y valientemente, de una decisión personal: este soy yo, esta mi solapa y este mi compromiso. Si digo que no me gusta el amarillo (insisto en que me refiero al color en sí, ajeno a cualquier otra connotación) es porque pertenezco a un gremio donde el amarillo es un color maldito, estigmatizado, gafe, en una palabra. En el mundo del teatro es superstición extendida que el amarillo trae desgracia. Y se evita, a toda costa. Se dice que es porque Molière murió vistiendo un ropón amarillo. Hay quien dice que no, que el ropón era violeta, y que, viejo y gastado, amarilleaba lo suyo.

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No soy supersticioso, pero sí respetuoso con algunas tradiciones y es eso lo que me lleva a desconfiar del amarillo. Lo que empezó siendo, aquí en Catalunya, un gesto pacífico de solidaridad con los políticos presos está deviniendo en una escalada de enfrentamientos en la que algunos han llegado a las manos. ¿Lo ven? Ya está el amarillo haciendo de las suyas.

Creo que si dejamos que el otoño se desenvuelva tal cual -las manos quietas, sin forzarlo- el otoño refrescará. Y amarilleará también, que es lo suyo.

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