Ir a contenido

Análisis

Ya no se escucha la samba

Jordi Puntí

La eliminación de Brasil hace aún más evidente que este está siendo un Mundial sin música

De madrugada, sin poder dormir por el calor, hago záping en el televisor y me paro en el canal Barça TV. Están dando un Real Madrid - FC Barcelona de la temporada pasada, y entonces, cuando veo una triangulación de Messi, Iniesta y Busquets, o el hambre de gol que mueve a Benzema y Cristiano Ronaldo, me doy cuenta: cualquiera de estos dos equipos —y seguro que algunos más— podría ganar este Mundial de calle.

La emoción que rodea un campeonato del Mundo, el color de las aficiones y el exotismo de mezclar culturas distintas, el suspense de ver quien será el nuevo  campeón... Todo eso ha conseguido disfrazar un Mundial de una calidad futbolística discreta —hasta ahora— y los aficionados lo seguimos con un entusiasmo que no se corresponde con el juego, siempre un peldaño por debajo de lo que vemos normalmente en nuestros clubes, en nuestras ligas.

La mayoría de los partidos se han resuelto por acciones individuales de grandes jugadores y por aciertos o errores de los porteros

La realidad es que estamos en semifinales y de momento no hemos visto ningún juego de equipo que sea tan fulgurante como para quedarse en nuestra memoria. Destellos, sí, algunos. De Bélgica frente a Japón, de Croacia frente a Argentina, de México frente a Alemania, de Colombia frente a Polonia. Por falta de más material, elogiábamos el trabajo de Islandia, o la frescura de Senegal, pero lo cierto es que la mayoría de partidos se han resuelto gracias a acciones individuales de grandes jugadores —Coutinho, Mbappé, Lozano, Cavani— y a los aciertos y errores garrafales de los porteros. No deja de ser un síntoma que los equipos hayan destacado por sus buenas defensas y su posición en el campo, como Uruguay o Suecia, pero ¿quién recuerda luego la forma de un laberinto?

Una química memorable

La eliminación de Brasil, el último equipo sudamericano en resistir, ha convertido el Mundial en una Eurocopa. Es un mérito inútil que quede eliminada en el mejor partido del Mundial, enfrente de una Bélgica que el viernes consiguió con De Bruyne, Hazard y Lukaku una química memorable. Pero quizá la mejor forma de resumir la trayectoria de Brasil es que no hemos oído la samba en ningún momento. De hecho, este ha sido hasta ahora un Mundial sin música, pese a los pasos de cumbia de Yerri Mina tras cada uno de sus goles.

Brasil ha atado algunos compases de buena música, siempre pendiente de los aciertos y los excesos teatrales de Neymar, también de su lesión reciente, pero da la impresión que la Pentacampeona es prisionera de una idea faltada de ritmo. Las preferencias de Tite, que desde el principio buscaron un equilibrio entre músculo y talento, a la hora de la verdad se vieron más bien rígidas. En la prensa brasileña, por ejemplo, se criticaba el favor a Gabriel Jesús por encima de Firmino, más experimentado.

Mientras el resto del mundo sigue recordando ese Brasil eliminado de España 82, ganador moral y con ese juego de samba grácil y endiablado de los Sócrates, Zico, Falcao, en el Brasil actual prefieren entregarse a la memoria de los triunfos en el 1994 y el 2002, donde jugadores como Ronaldinho, Romário o Ronaldo brillaron porque detrás estaban Dunga, Mauro Silva o Edmilson cubriéndoles las espaldas. Para bailar la samba, dicen los expertos, antes hay que llevar el ritmo en el cuerpo, un instinto que nace de la propia tierra. Quizá Rusia quedaba demasiado lejos.

0 Comentarios
cargando