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Dos miradas

Es un clásico, lo sé, pero sigue siendo gracioso que los futbolistas crean que Dios interviene en un asunto tan delicado y con tantas peticiones contradictorias

Otra de las cosas que enseña un Mundial de fútbol - concentración de imágenes y conocimiento sociológico en una franja corta e intensa de tiempo - es que Dios está en todas partes. Si es que existe y si es que hablamos de una sola divinidad (dispersa en imágenes, ceremonias y cultos diversos), resulta que cada uno lo invoca desde la propia cultura, desde la religión que cada uno práctica y a partir de las oraciones que aprendió cuando era pequeño.

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¿Qué le ruegan los jugadores que se santiguan antes de comenzar el partido, los que rezan musulmanamente con las manos extendidas y la cabeza gacha, los que se dirigen a una sintoísta fuerza de la naturaleza? ¿Que les proteja del mal o de una lesión de Sergio Ramos, que les permita pasar la primera ronda, un empate a cero? ¿O que al menos que el dios en quien creen no haga un favor al contrario, que también se dedica a rezar por los mismos motivos?


Tras la clasificación de ArgentinaMessi dijo que sabía que Dios estaba con ellos y que no iba a permitir que los dejaran fuera. Es un clásico, lo sé, pero sigue siendo gracioso que crean que Dios interviene en un asunto tan delicado y con tantas peticiones contradictorias. Seguro que un dios vikingo o luterano velaba por el futuro de Islandia y que Alá hacía lo mismo con Nigeria. La escena es cómica: el dios argentino, empeñado en alargar la agonía de los de Messi, en dura pugna con él mismo y con los demás habitantes de las altas esferas de la fe.

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