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Al contado

Una UE tan inflexible con las políticas económicas se revela incapaz de consensuar estrategias para paliar el drama humano de la inmigración

Sorprende la virulencia con la que en una Unión Europea (UE) que se dice garante del bienestar social y el progreso resurgen sentimientos de xenofobia y desprecio hacia el otro que creíamos enterrados en los pasajes más oscuros de la historia del siglo XX.

Las últimas declaraciones del ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, sobre los inmigrantes, a los que se refiere como "carne humana", evocan los episodios más negros de los regímenes fascistas, que deberían haber quedado encerrados en los libros de historia.

Es evidente que la avalancha de inmigrantes refugiados puede ser un problema si se aborda sin estrategia y en caliente. No basta con las buenas intenciones, aunque estas sean mucho mejores que las malas y de vez en cuando haya que dar un puñetazo sobre la mesa al estilo del que el Gobierno de Pedro Sánchez ha dado con el 'Aquarius', para despertar conciencias. Pero hay que tener planes y prever soluciones para quienes sufren el drama de abandonar su hogar para ganarse la vida o, simplemente, para salvarla.

En etapas de gran crecimiento carencia de mano de obra, algunos de los que ahora exigen barreras, eran los primeros en reclamar facilidades para contratar extranjeros. A todo ello se añade la poca empatía de los países que carecen de fronteras conflictivas (digámosle así) con los que viven esa realidad cada día. Falta solidaridad, comprensión y política común. 

La UE ha hecho poco por ser cercana a los ciudadanos, pero los gobiernos nacionales han contribuido a ello al utilizarla como parapeto para afrontar las críticas: "Hay que hacerlo porque lo dice Bruselas", suelen decir como excusa. Este reparto de papeles entre el poli bueno, que nunca tiene la culpa;  y el malo, que impone recetas que producen dolor, ha distanciado al Ejecutivo y las instituciones europeas del conjunto de la ciudadanía. Y la reacción, avivada por los efectos de la crisis económica, es el caldo de cultivo de los populismos más despreciables aprovechado por los políticos y charlatanes más oportunistas.

La verdad es que una unión que es tan inflexible con las políticas económicas, que obliga a cumplir milimétricamente los criterios de déficitdeuda y otras variables frías y macroeconómicas, al margen de sus efectos sobre la población, se revela a la vez incapaz de consensuar una estrategia ante la inmigración y se ve insensible ante este drama humano. Cada uno va a la suya. 

Tanto cumplir con las recetas económicas y resulta que más que el relacionado con las cuentas y las finanzas públicas el verdadero déficit que sufre Europa es de humanidad.

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