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DOS MIRADAS

El expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante un paseo esta mañana por el paseo marítimo de Alicante.

ANTONO MARTIN (EFE)

Antipatía

Emma Riverola

Lo que no consiguieron las sonrisas difícilmente lo logrará la cara de perro

Con Rajoy como registrador de la propiedad, la bestia negra del independentismo desaparece de la escena política. Con su ausencia, el último argumento 'procesista' se tambalea. La falta de diálogo, la violencia del 1-O y la judicialización de la política se erigieron en los pilares de un imaginario que dibujaba una España anclada en el franquismo. Desmontada la farsa por Sánchez, ahora, el independentismo se centra en el Rey. De repente, el Monarca copa los discursos, se convierte en objetivo de los CDR y es pretexto para hacer listas de desafectos. Un modo de seguir protagonizando titulares y combatir la tibieza (o el desconcierto o el cansancio) que empieza a extenderse en parte del electorado independentista. Pero, ¿es una buena estrategia?

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La 'revolución de las sonrisas' fue atractiva, aglutinadora y generó entusiasmo. Quienes creyeron en ella sintieron el orgullo de formar parte de un movimiento cincelado en positivo. El reduccionismo a la contra actual es antipático. Ni Torra es el rostro de las sonrisas ni hay promesas mágicas que soporten los errores cometidos ni las listas negras son graciosas (más aún cuando no sabes si mañana puedes ser tú o tu hermana o tu amigo el señalado). Lo que no consiguieron las sonrisas difícilmente lo logrará la cara de perro. Menos aún cumplir los supuestos nuevos propósitos del independentismo: ampliar la base social y 'hacer' república (signifique esto lo que signifique).