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La batalla de las municipales

Astrid Barrio

En menos de un año se celebran elecciones municipales, un tipo de elecciones que suelen considerarse de segundo orden porque son percibidas por los ciudadanos como menos importantes. En muchos casos tienen sus propias lógicas y escapan a la dinámica política general, pero en otros sirven de termómetro para calibrar la actitud de los ciudadanos hacia el Gobierno central. Así sucedió en el 2015 cuando se hizo patente el retroceso de los grandes partidos y el avance de las nuevas formaciones, en particular de las candidaturas plurales de la izquierda alternativa que contaban con el apoyo de Podemos.

La capacidad de presentar candidaturas da cuenta del grado de penetración territorial del partido y de su desarrollo organizativo. Sucede que esta capacidad, en gran medida, depende de lo que verdaderamente hay en juego en las elecciones municipales más allá de la conformación de los gobiernos locales: el control de unos recursos que resultan de vital importancia para la supervivencia de los partidos. De los resultados de las municipales se deriva el control de las diputaciones (y las comarcas en algunos casos), instituciones de lo más opacas que manejan un elevadísimo volumen de recursos del que los partidos se pueden servir. Desde el control de cuantiosas subvenciones que favorecen el surgimiento de redes clientelares, pasando por sobresueldos a electos locales que en muchos casos, si lo hacen,  cobran cantidades ínfimas, hasta la capacidad de contratar a un buen número de asesores, que muy a menudo se ocupan casi en exclusiva de los asuntos del partido.

Ante semejantes incentivos, y teniendo en cuenta que el cambio en el sistema de partidos todavía no se ha trasladado en plenitud al ámbito local, no debe extrañar que los partidos lleven tiempo trabajando en la preparación de esos comicios y que hayan puesto en marcha su maquinaria para seleccionar a los candidatos. Ciudadanos, que ya hizo un esfuerzo en el 2015, lo está redoblando de cara al 2019 tratando de atraer personalidades como Manuel Valls y beneficiándose del declive del PP, mientras que Podemos concurrirá con su propia marca.

En Catalunya, además, se sigue librando la batalla por la hegemonía en el campo independentista. ERC, con una notable presencia en el territorio apuesta por presentarse en solitario mientras que el PDECat, muy presente también pero muy inseguro, ha decidido en la convención municipal celebrada este fin de semana presentarse con las siglas de Junts per Catalunya, adaptándola a las particularidades de cada municipio, y apostar por listas conjuntas en los municipios de más de 100.000 habitantes, precisamente los más refractarios a esas siglas.

Esta estrategia puede converger con la iniciativa 'Primàries per la República' surgida al calor de la propuesta de Jordi Graupera de hacer unas primarias entre candidatos independentistas en Barcelona. Con el objetivo de convertir las municipales en el primer paso efectivo hacia la República de Catalunya se pretende trasladar la polarizadora dinámica de la política catalana al ámbito local, algo que favorece a  aquellos, que como Ciudadanos, se han visto beneficiados por esta dinámica de competición. Y en esta tesitura será ERC la que decidirá.

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