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Un tabú que permanece

El silencio del aborto

Emma Riverola

Sabemos de la tristeza de la pérdida, pero nos cuesta comprender la pena por lo que nunca se ha tenido

Frida yace en una gran cama. Su cuerpo, empequeñecido. Casi insignificante. Las sábanas manchadas de sangre. De su vientre parten seis cordones umbilicales. Atada a su Dieguito muerto. A su sexualidad convertida en una orquídea lila. A su pelvis quebrada. A un baboso y lento caracol. Su torso diseccionado también vuela alrededor. Y una pieza mecánica utilizada para obstruir el gas o el aire comprimido… o las esperanzas de ser madre. Seis elementos rodean a Frida. Sexo y maternidad despedazados. Unidos a su cuerpo, pero flotando en un paisaje industrial, frío y desolado.

Frida Kahlo se atrevió a expresar con sus pinceles la experiencia traumática de un aborto. Destripó sus emociones y gritó su desintegración. Se atrevió a romper el silencio secular de la pérdida. Cuánta vergüenza, cuánto tabú, cuántas despedidas sin duelo rodean un aborto. Un cuadro más obstétrico que estético, reseñó en 1938 con desdén el 'New York Times'. Durante siglos, la maternidad en el arte siempre había sido limpia, pura. Un paraíso inmaculado en el que no existían vaginas sanguinolentas, deformadas por una cabeza que insiste en abrirse paso.

La reivindicación del derecho al aborto

Mujeres de todo el mundo han clamado en las calles reivindicando el derecho al aborto. No hace ni dos semanas que Irlanda dijo 'sí' a su legalización. Queda en la memoria de muchas españolas los días de peregrinaje a Londres, envueltas en miedos y silencios, cuando la mujer no era dueña de su cuerpo y el poder se creía con la capacidad de decidir sobre ella. Sí, la reivindicación del derecho al aborto se grita, aparece en los medios, se debate en público. Pero poco, muy poco se habla del aborto como duelo, del dolor que acompaña su pérdida, de los sentimientos que, inevitablemente, produce.

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Ahora tendría 10 años. Pronto cumpliría 20. Sería un hombre o una mujer de 30, quizá ya me habría hecho abuela. Así, prendidos en el pensamiento, esos niños que nunca nacieron o, peor aún, que nacieron muertos van creciendo en la imaginación de tantas mujeres. Seres que no abrieron los ojos cumplen años de 'no vida' y el peso de su ausencia nunca acaba de diluirse, cubierto siempre de silencio. Y de incomprensión.

Porque el duelo por un aborto es uno de los pocos tabús que aún permanecen en nuestra sociedad. Apenas se habla de ellos, no se contemplan duelos públicos para compartir el dolor y hay cierta dificultad para entender la intensidad y, quizá, la extensión del lamento. Como aquel crítico que despreció el cuadro ‘Henry Ford Hospital’ de Khalo, prevalece una cierta visión corpórea, mecánica del asunto. Como si la capacidad del cuerpo por acoger un nuevo embarazo borrara el pesar del malogrado. Sabemos de la tristeza de la pérdida, pero aún nos cuesta comprender la pena por lo que nunca se ha tenido. La aflicción de una mujer que se sabía madre y que, su vientre huero, vuelve a considerarla mujer. Solo mujer. Con el significado más hondo de ese ‘solo’, de esa repentina sensación de soledad.

Hablar de nuestro cuerpo y de todo el placer y el dolor que puede llegar a cobijar también resulta un modo de ganar el poder

El pasado enero, la ilustradora Paula Bonet dio a conocer a través de las redes sociales un aborto que había sufrido, el segundo. “(…) quiero dejar claro que hago este post porque sí, no con el objetivo de recibir consuelo, sabía que esto podía volver a suceder, además sé que tengo el amor de todos aquellos que amo. Hablemos de estas cosas, empecemos a normalizarlas”.

Aproximadamente, el 20% de los embarazos se malogran en las primeras semanas de vida. Algunos expertos elevan esa cifra hasta un 40%, ya que muchos abortos involuntarios se producen sin que la mujer ni siquiera sepa de su embarazo. Estamos hablando, por tanto, de un problema muy extendido por el que la sociedad aún pasa de puntillas.

Cuerpo, intimidad y arte

Aún son pocas las mujeres que, siguiendo los pasos de Frida Khalo, han expresado el quebranto de su cuerpo en el mundo de la cultura. Sin duda, la más relevante es Tracey Emin (Inglaterra, 1963). Son muchos los adjetivos que se han utilizado para describir su obra. A veces, reduciéndola a la provocación. Otras, a algo mucho más profundo, a la fusión más extrema entre cuerpo, intimidad y arte. Por sus esculturas, sus dibujos, sus instalaciones se pasea la violación que sufrió cuando tenía 13 años en un callejón, la anorexia, el alcoholismo, la marginación y, especialmente, los dos abortos sufridos que la sumieron en una larga crisis emocional y de la que solo emergió a través de la expresión artística. Un sufrimiento que forma parte de su columna vertebral como artista, como si necesitara vaciarse en su obra y, solo así, sobrevivir.

Durante siglos, el cuerpo de la mujer ha sido el campo de batalla del poder. Robarnos el control de la natalidad, elevar la virginidad a una condición casi mística, utilizar la violación como forma de sometimiento y desdibujarnos como mujeres para convertirnos en madres devotas al servicio de la familia han sido las principales armas que ha utilizado. También la sumisión estética a unos modelos que, demasiado a menudo, están reñidos con la salud. Hablar de nuestro cuerpo y de todo el placer y el dolor que cobija también es un modo de ganar el poder.

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