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Análisis

Rajoy se va fiel a otra de las máximas que han escrito el código mariano: tú no eliges al partido, el partido te elige a ti

En el Partido Popular iba a suceder lo que Mariano Rajoy decidiera y ha escogido que sea  rápido y lo menos doloroso posible. Rajoy es y será siempre un hombre de partido. Nunca ha pedido ninguno de los cargos que ha ocupado en su apabullante carrera y siempre lo ha hecho porque se lo pedía el partido; en esas palabras de su último discurso como líder se condensa su manera de entender la política: no te preguntes qué puede hacer el partido por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por el partido. Si en su última intervención como presidente ante el Congreso se reivindicó como hombre de Estado, ahora, en casa, ha querido despedirse como un líder leal al partido.

Contrariamente a cuanto suele afirmarse, en el PP se habla y mucho pero siempre dentro y hacia dentro. Como en toda organización corporativa hablan aquellos que deben por rango, jerarquía y relevancia de los intereses que representan. Si algo no le perdonan a Aznar es haber traicionado esa ley. Fiel a su estilo de liderazgo basado en el intercambio y no en el control, estos días Rajoy habrá hablado con todos y seguramente todos le habrán dicho algo parecido. Si quisiera reclamar su derecho a no irse así y tener la oportunidad de reivindicarse en las urnas, nadie en el PP se lo iba a negar; pero no era ni lo mejor para él, ni lo mejor para el partido. La suerte estaba echada. Resistirse era fútil.

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En los próximos días sabremos si Rajoy ha acelerado los tiempos y provocado que el PP resuelva su futuro en los meses inmediatos porque quiere evitar una larga y tóxica guerra por el liderazgo, que ya no sabía cómo gestionar, o porque el partido ya ha elegido qué quiere hacer y quién debe hacerlo y ahora se trata de engrasar la máquina cuanto antes. La historia de los populares nos dice que debiera confirmase el segundo escenario. No será lo que convenga a Núñez Feijóo o a María Dolores de Cospedal; será lo que quiera el partido. Aunque ya sabemos que la historia no es lo que solía ser.

Como buen futbolero Rajoy se ha ido con el argumento que más nos consuela en las derrotas del equipo: le han arrebatado en los despachos lo que nadie fue capaz de ganarle en unas elecciones. El marianismo cierra su ciclo reivindicando su gestión, su convencimiento de dejar una España mejor y cimentando las bases para un relato donde Pedro Sánchez será el villano dispuesto a todo para saciar su frívola y poco patriótica sed de poder, mientras el PP y sus votantes encarnarán a los llamados a hacer justicia y devolver la Moncloa a sus legítimos ocupantes. Nada moviliza tanto como el ánimo de revancha tras una derrota sentida como injusta.

Rajoy se ha guardado otra pequeña gran satisfacción para el final: dejar claro que no es Aznar y jamás ha querido serlo. Porque Rajoy sí sabe qué significa ser del PP. Aznar sigue creyendo que él era y es mucho más grande que el Partido Popular. Rajoy se va fiel a otra de las máximas que han escrito el código mariano: tú no eliges al partido, el partido te elige a ti.

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