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IDEAS

Un fotograma del documental Camarón: Flamenco y revolución

Flamenco para profanos

Ramón de España

En el variopinto mundo de la creación artística, hay cosas que uno no ha logrado sentir ni comprender en su vida. La pintura abstracta, por ejemplo. O el jazz instrumental: aún recuerdo el día en que, dispuesto a llenar lagunas, me compré A love supreme, de John Coltrane, lo escuché enterito, no entendí nada y, sintiéndome un zoquete, lo coloqué en una estantería de la que no ha vuelto a salir. Con el flamenco me ocurre algo parecido. A lo máximo que llego es a la rumba de Peret o del Pescaílla, con especial predilección por este, que no se mató precisamente a la hora de grabar -lo suyo, cuentan los que las disfrutaron, eran las etílicas descargas improvisadas que podían durar horas y en las que el hombre, entre torrentes de whisky, daba lo mejor de sí mismo-, pero las pocas canciones que legó a la posteridad son formidables.

No sabemos qué es lo que tenía Camarón, pero a todos se nos pone la piel de gallina cada vez que lo escuchamos

Disfruté mucho de un concierto de Estrella Morente en el Palau, pero también es verdad que tenía al lado a Sigourney Weaver y no dejaba de recordarla en bragas al final de Alien, lo cual constituía todo un aliciente inesperado. Y, sobre todo, me gustaba muchísimo Camarón, de quien ahora se exhibe un documental en la cartelera barcelonesa (Camarón: Flamenco y revolución, de Alexis Morante).

Camarón es el cantaor favorito de los profanos del flamenco, como he podido comprobar hablando con algunos amigos. No sabemos qué es lo que tenía el hombre, pero a todos se nos pone la piel de gallina cada vez que lo escuchamos. ¿Sería esa voz rasgada, siempre a punto de quebrarse al salir de una boca a punto de escupir sangre? ¿Cómo conseguía hipnotizarnos de esa manera? ¿Cómo lograba pasar de lo clásico a lo experimental (La leyenda del tiempo, disco incomprendido en su momento por los puristas) sin que nada chirriase? El amor a Camarón no se basa, desde luego, en el malditismo: su adicción a la heroína, que lo fue destruyendo ante nuestros ojos durante años, no cumple aquí ningún cometido poético. El amor a Camarón se basa en su capacidad de emocionar, de conmover y de poner los pelos de punta al oyente, aunque éste no sea un conocedor profundo del flamenco. Y a veces, hasta conseguía transmitirte una extraña alegría, como en Soy gitano, que te traslada a una boda interminable en la que, te pongas como te pongas, sabes que vas a partirte la camisa, aunque sea la única que tengas.

Temas: Flamenco

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