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Dos miradas

La gracia, más allá de la nueva normativa de protección de datos, es que algunos han innovado para pedir el 'sí, quiero' al usuario

Como no teníamos otra cosa que hacer, nos hemos pasado toda la semana contestando, rechazando o maldiciendo miles de correos electrónicos que nos pedían la conformidad para continuar recibiendo correos electrónicos de todos los clubs de lectura, talleres literarios, institutos de bioestética, tiendas de electrodomésticos, supermercados, clubs deportivos, sitios de citas para solteras y solteros, revistas, concesionarios de coches, teatros, ayuntamientos, generalidades, hoteles, restaurantes, centros de ocio, centros de jubilados, partidos y movimientos sociales, peluquerías y fruterías que no sabíamos ni que existían y que, por supuesto, no sabíamos que tenían nuestros datos. Ha sido una semana pesada que ha servido, sin embargo, para darnos cuenta de la magnitud de la tragedia y para desbrozar, a menos que hayamos decidido decir que sí o que no a todo y a todos, sin prejuicios o con todos los prejuicios del mundo.

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La gracia es que, más allá de la burocracia europea, algunos han innovado. Un taller de literatura, por ejemplo, me ha dicho: "Ne me quitte pas", para pedirme que continuara con ellos. Y una oenegé me ha anunciado: "Tu privacidad nos importa". El mejor de todos, un hotel de Falset donde dormí una noche, hace meses: "Sabemos que tienes el buzón lleno de correos que te piden que los sigas recibiendo, pero nosotros compensaremos tu 'sí, quiero' con el sorteo de una noche en nuestro establecimiento". He llorado de emoción. 

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