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Dos miradas

Es aconsejable que los fascistas encapuchados se evaporen nadando y duchándose luego para quitarse la sal y el odio

A diferencia de lo que mucha gente cree, la playa es un territorio proclive a las embestidas y a la acritud colectiva. La causa hay que ir a buscarla en un hecho objetivable: de costumbre, los humanos nos desplazamos más o menos vestidos, con un objetivo claro y con la voluntad de mantener en lo posible el margen de distancia prudencial con los demás. No miramos quien tenemos al lado y procuramos no tener que hablar con nadie. En la playa, más o menos desnudos, la prevención se va a pique. Nos vemos obligados a convivir con extraños y este rozamiento genera crispación. Una música demasiado alta, unos niños que molestan con el balón, unos jugadores de pala que salpican, la familia que come y que ensucia, el olor insoportable de las cremas solares. Es un territorio abonado para el conflicto. Solo hay una solución: hacer como si nada, abstraerse del ambiente cargado y disfrutar del sol y de algún baño reparador. Lo más aconsejable, sin embargo, es ir a una cala secreta, entre el roquedal, o dirigirse inmediatamente a los chiringuitos donde sirven esa cerveza tan helada. Y olvidarse de la multitud, del sudor, de las pelotas y las salpicaduras.

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Quiero decir, con todo esto, que vayamos al tanto con la playa, este verano. No es necesario que los esforzados fascistas encapuchados la "limpien". No es necesario. Que se evaporen dando brazadas hasta el espigón del muelle. Nadar es saludable. Y luego, mejor que se duchen, para quitarse la sal y el odio de encima

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