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El patrón de Facebook se compromete en el Parlamento Europeo a civilizar su plataforma, respetar la nueva ley europea y luchar contra las noticias falsas y las interferencias electorales

Vivimos desnudos, incluso cuando estamos vestidos. Desde el momento en el que aceptas formar parte de este tiempo, compras un smartphone y participas en las redes sociales, pierdes el control sobre tu intimidad. Nuestras aficiones, debilidades y gustos más reservados son productos que se compran y venden en la red, la selva más poblada de la historia de la humanidad.

Desnudos y vulnerables a las noticias falsas, quizás más virales que las reales porque incorporan indignado asombro, la gasolina de esta sociedad híper-conectada. El indudable progreso tecnológico invita a pensar que todo está al alcance de la mano, pero casi nada está bajo control. La pregunta es urgente: ¿Se puede civilizar internet? Es desde luego una de las batallas de nuestro tiempo.

El fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, talentoso león, ha creado una de las empresas más potentes y más valoradas del mundo apoyado en un gran 'striptease' global no consentido. Facebook acumula y vende datos privados de sus usuarios y de quienes no lo son al servicio del mejor pagador, sea Donald Trump o los instigadores del 'Brexi't, un negocio oscuro que recuerda que ningún servicio privado sale gratis.

Zuckerberg ha pedido perdón a los europeos y ha dado la cara en el Parlamento Europeo, alborotado y expectante, acostumbrado a lidiar con líderes políticos pero no con gurús tecnológicos, los nuevos hombres fuertes de este tiempo.

Protección de datos

Civilizar internet pasa precisamente porque la política democrática sea capaz de poner orden en estos nuevos mercados. El futuro de la Unión Europea reside precisamente en proteger a sus ciudadanos frente a estos y otros vientos huracanados de la globalización.  La Unión pide paso y acaba de aprobar la ley más ambiciosa de protección de datos del planeta. ¿Será capaz de meter en cintura los excesos de Facebook?

Zuckerberg se ha comprometido a colaborar para civilizar su plataforma, respetar la nueva ley europea y luchar contra las noticias falsas y las interferencias electorales. Buena música de cara al año que viene, cuando se celebrarán elecciones europeas y se teme que Facebook pueda favorecer un shock antieuropeo que beneficie a fuerzas populistas. La mala noticia es que Zuckerberg ha pasado por el Parlamento como un rayo, en un encuentro de hora y media con un formato a medida que ha terminado con los impotentes representantes ciudadanos suplicando poder preguntar más en su propia casa.

El poder, escribe Moisés Naím, se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de utilizar y más fácil de perder. De momento Zuckerberg, que creó Facebook desde su dormitorio de la universidad de Harvard como una improvisada herramienta para compartir fotos con sus compañeros, sigue reinando en la selva pero la ola de indignación por sus abusos le ha dado un aviso. El valor de la multimillonaria empresa cae en bolsa. Zuckerberg es un león herido que ha prometido cambiar. Quizás lo haga por puro instinto de supervivencia.

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