26 nov 2020

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IDEAS

David Bowie, en la época en la que explotaba la ambigüedad sexual. 

Elogio de la ambigüedad

Ricard Ruiz Garzón

Corren malos tiempos para la ambigüedad. Considerado un rasgo peyorativo por su asociación con lo equívoco, lo indefinido o lo equidistante, lo ambiguo se ha convertido en Catalunya y en España, pero también en la mayor parte de Europa y Occidente, en un terrible defecto, cuando no en un insulto. A los dirigentes y militantes de Catalunya en Comú, Barcelona en Comú y En Comú-Podem, por ejemplo, se les ataca a diario en política al grito de “¡Ambiguos!”, queriendo acusarles con ello de indecisos, contradictorios o poco comprometidos. Y más allá de brexits, madurazos, populismos ciudadanos, estrellas quintuplicadas y referéndums cargados por el diablo, más allá del ayer ‘bushiano’ y hoy ‘trumpiano’ “estás conmigo o contra mí”, lo sexualmente ambiguo sigue siendo herejía en los dominios del heteropatriarcado: no es solo que aún, en la calle o en el diccionario, un hombre ambiguo sea sinónimo de 'afeminado' (a pronunciar con acento machista y homófobo), sino que el estigma hacia la ambigüedad perpetúa la intolerancia, incluso entre gays y lesbianas, contra bisexuales, transexuales e intersexuales.

 La ambigüedad bien entendida, sin embargo, ha sido siempre una aclamada virtud literaria. Son ambiguos los clásicos, a quienes el mismísimo Ítalo Calvino atribuía el valor de “no terminar nunca de decir lo que tienen que decir”. Son ambiguos los finales abiertos, considerados por la crítica superiores a los que abusan de los códigos de género para dejarlo todo atado. Sin ambigüedad lingüística, sea fónica o semántica, no existirían sencillamente la mayoría de canciones, poemas y juegos verbívoros, y hasta Joan Coromines, en uno de sus sanos ejercicios etimológicos, nos recuerda al consultarlo que ‘ambiguo’ deriva de ‘ambigēre’, ‘estar en discusión’, y este a su vez de ‘agēre’, ‘conducir’. Nada que ver, por tanto, la ambigüedad con las medias tintas, ni los principios con la falta de matices. ¿O quizá sí? No sé, tal vez haya que releer a Erasmo en su 'Elogio de la locura' para, antes que salir de dudas, entrar en ellas dispuestos a cambiar el pie.