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LA INVESTIDURA

Quim Torra, ¿'president'?

Joan Tapia

Está lejos de ser un buen candidato, pero sería peor que no saliera elegido

Puigdemont, nominando a Quim Torra, ha impuesto su voluntad personal a todo el secesionismo. El caudillismo es siempre negativo. Pero ha pensado que más vale pájaro en mano (la autonomía, sea por lo que sea) que ciento volando (la independencia). E incluso ha tragado que Catalunya necesita un Govern dentro de España. Podía ser peor.

En la selección del candidato ha priorizado conservar desde el exilio su poder, a la capacidad y el prestigio del candidato, quizás un agudo editor pero también un activista sin experiencia de gobierno, desconocido para la gran mayoría de los votantes y con tuits que denotan una atracción fatal por el simplismo. Alguien así no parece el más dotado para tender puentes con el 52% de (en su opinión malos catalanes) que no votan las listas separatistas.  

Lo peor que ahora podría pasar es que alguna trama hiciera que las CUP cambiaran la abstención por el voto en contra

Tampoco se han valorado las cualidades convenientes para hablar con Madrid, negociar e intentar encauzar las cosas. Al contrario, se ha optado por el candidato que -aparte de los ya de facto inhabilitados por el juez Llarena- más podía enervar no solo al Gobierno del PP sino a los otros partidos. Y a Cs, que es el primer partido catalán.

Torra es pues, a primera vista, todo lo opuesto a un presidente capaz de tender puentes y alcanzar consensos. Sin embargo, su elección podría tener ventajas. La primera es que es el candidato que puede evitar una repetición electoral, con la subsecuente eternización de la crispación interna y aportación a la desestabilización política general.

La segunda es que un gobierno -aunque quiera- no puede limitarse a protestar y a montar conflictos. Debe tomar decisiones que afectan a muchos ciudadanos y por ahí está obligado a ensuciarse las manos en la dura realidad, que tiene poco que ver con el mundo imaginario de choque frontal entre la nación y las fuerzas del mal por el que el Torra debe moverse.

Tercera, porque no estaremos ante un Govern homogéneo y obediente. Torra deberá escuchar las voces de los 'consellers' -empezando por el vicepresidente Aragonés y los de ERC- que no creen que la confrontación permanente sea lo más inteligente. Y de la discusión sobre opciones concretas -no sobre dogmas- puede salir la luz.  

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Las declaraciones de Urkullu a 'Le Figaro' -"la sociedad vasca es plural y no podemos construir una sociedad sobre mayorías de 50-50"- están ahí y se aplican bien a Catalunya. Quizás alguien las sepa leer en las reuniones de gobierno. Si Euskadi está en Urkullu, Catalunya no debe seguir instalada en la esterilidad.

Quizás lo peor que ahora podría pasar es que alguna trama hiciera que las CUP cambiaran la abstención por el voto en contra y el lunes el resultado fuera de 66 síes contra 69 noes. ¿Qué ganaríamos? La confusión sería total, las elecciones muy difíciles de evitar y constataríamos -ahí está el CEO de este viernes- que todo sigue igual.

Por el contrario, el gobierno Puigdemont-Torra puede acabar digiriendo que una sociedad partida en dos no puede seguir repitiendo elecciones eternamente. Que el compromiso interno es inevitable.

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