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La sentencia de 'La Manada'

Violencia enraizada

Olga Merino

El enquistamiento de una violencia sorda, muy antigua y enraizada, da por normal que una mujer se deje meter en una ratonera con cinco bestias

Planeando una escapada a los Sanfermines del 2016, cinco individuos intercambian en el grupo de WhatsApp mensajes que hablan de “violaciones”, así como del eventual uso de burundanga y otras sustancias hipnóticas. Una vez en Pamplona, esas cinco alimañas -uno de ellos lleva un tatuaje que reza: “El poder del lobo reside en la manada”- interceptan a una chavala de 18 años que está sola en la plaza del Castillo y dicen de acompañarla hasta el coche donde pernocta.

Llegados a un portal, le tapan la boca para que no grite y le arrebatan el móvil. Los cinco tipejos, fornidos como armarios roperos y de mayor edad que la víctima, la introducen en un cuartucho con una sola salida y la someten a 11 accesos carnales por vía vaginal, anal y bucal; en las felaciones, la agarran de la mandíbula o de la coleta. Los cinco despojos graban el sobrecogedor episodio y se jactan de su hazaña en las redes.

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Y después de todo esto, resulta que no hubo violencia. Insisto: aun cuando la Audiencia Provincial de Navarra considera probado que la víctima no dio su consentimiento libremente, sino “viciado, coaccionado o presionado por tal situación”, la sentencia descarta que hubiera violencia; o sea, no fue una agresión sexual. Y ya no hablemos del voto discrepante del magistrado que aprecia en el vídeo “actos sexuales en un ambiente de jolgorio y regocijo” y gemidos de “excitación sexual”. 

Sobran las palabras. Esta columna debería terminar aquí, si no fuera por la terrible reata de conclusiones que se infieren de lo expuesto. Primera: para que se considere violación, la víctima debería oponer resistencia hasta la extenuación, intentar que le desgarren hasta el alma. Segunda: el descrédito instantáneo que se hace de estas mujeres. Tercera: la enorme brecha entre ciertos sectores de la judicatura y una sociedad indignada por los hechos que se relatan. Y cuarta: el enquistamiento de una violencia sorda, muy antigua y enraizada, que da por normal que una mujer se deje meter en una ratonera con cinco bestias que dicen “quillo, quillo, me toca a mí” porque en el fondo asume que le encanta ese tipo de sexo.                   

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