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EL ARTÍCULO Y LA ARTÍCULA

La fuerza del ahorro

La fuerza del ahorro

Juan Carlos Ortega

Hoy les quiero contar la historia de mi tía Asunción. Tiene 87 años y vive feliz en un pueblo de la provincia de Ciudad Real, donde se marchó al casarse con mi tío Pedro.

Cuando era pequeña, Asunción sorprendía a todo el mundo por su deseo de ahorrar continuamente. Cuando conseguía una moneda, por poco valor que tuviera, la metía en una caja de cartón que guardaba bajo la cama.
Con el tiempo, llegó a tener bastante dinero para una cría de su edad. En sus cumpleaños jamás pedía juguetes. Prefería monedas para aumentar su patrimonio. Al preguntarle el motivo de su extraña obsesión por el ahorro, ella respondía que deseaba conseguir la cantidad suficiente para comprarse algo que había visto en una tienda. A pesar de la insistencia de sus padres, jamás dijo que era eso tan deseado que quería adquirir.

Pasó el tiempo y se convirtió en una adolescente. Tuvo un novio y ella dedicaba más tiempo al ahorro que al amor. El pobre muchacho supo ver que siempre estaría en un segundo plano y decidió terminar la relación.

Asunción, a los 20 años, ya tenía una interesante cantidad de dinero y sus padres se extrañaban de que todavía quisiera ahorrar más. «¿No tienes ya suficiente para comprarte eso que viste en la tienda?», le preguntaban llenos de asombro. Y ella, muy seria, les respondía que no, que todavía faltaba mucho, que el objeto que ella deseaba era muy caro y que aún faltaban unos años de ahorro.

Cuando cumplió 30 años, murió su padre, y un año después, su madre. Fue entonces cuando conoció a mi tío Pedro y seis meses después se casaron.

«¿No tienes ya suficiente para comprarte eso que viste en una tienda?», le preguntaban a mi tía Asunción sus padres

En su nueva casa, continuó ahorrando. A su esposo no le dijo tampoco qué era aquello que deseaba comprar cuando lograra la cantidad necesaria.

Fueron pasando los años y la caja de cartón llegó a estar casi llena de billetes y monedas. Cuando desapareció la peseta, fue al banco y lo cambió todo por euros. El pobre Pedro ya había dejado hacía años de intentar averiguar qué era eso que tanto deseaba comprar su mujer.

Hace diez años, mi tía Asunción enviudó, y el dinero de la pensión iba a parar a la caja de cartón de los ahorros. Consiguió reunir un excelente capital, pero no era suficiente todavía para comprar lo que ella tanto ansiaba.
El año pasado nos telefoneó y nos dijo que ya estaba. Por fin había logrado su objetivo. La fuerza del ahorro, desde niña, había logrado alcanzar su sueño. Ya tenía el dinero necesario y acudiría esa misma tarde a comprar lo que tanto había soñado.

«¿Qué es, por favor? Dínoslo ya», le suplicamos. Sabíamos que estábamos a punto de conocer el secreto y lo vivíamos con una gran emoción.

Tras unos segundos de silencio, mi tía Asunción nos lo reveló por fin: «Es una hucha. Lo que siempre había deseado desde niña era una hucha de oro preciosa».

No podíamos creer lo que escuchábamos. «¿Has estado toda la vida ahorrando para comprarte una hucha?».
¡Había tanta felicidad en su voz! Casi llorando de alegría sentenció: «No sabéis lo duro que es ahorrar en una triste caja de cartón. Ahora, con la hucha de oro, por fin podré empezar a ahorrar como Dios manda». 

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